ES­PE­RAN­ZA.

Juan Die­go Mos­que­ra quie­re creer que los ins­tan­tes que es­tá vi­vien­do son un sue­ño pa­sa­je­ro y que todo cam­bia­rá

El Deber Rural - - Especial - OSWALDO RA­MOS ASTIBENA

Acos­tum­bra­dos a un ci­clo de re­co­lec­ción anual de cas­ta­ñas cu­ya his­to­ria em­pe­zó en­tre 1950 y 1960, cuan­do se aca­bó el au­ge de la go­ma, mi­les de cam­pe­si­nos e in­dí­ge­nas de Ri­be­ral­ta (nom­bre de­ri­va­do de ‘ri­be­ra al­ta’) se re­sis­ten a creer que es­tán vi­vien­do una ma­la ho­ra, no pue­den con­ce­bir có­mo se re­du­jo drás­ti­ca­men­te la pro­duc­ción de es­te fru­to que no cul­ti­van, que sim­ple­men­te lo re­co­lec­tan lue­go de caer de los árboles y que es el sus­ten­to de sus ho­ga­res.

Un cuen­to cor­to ( anó­ni­mo) re­fie­re que cuan­do uno echa la vis­ta atrás y ve las co­sas que le to­ca­ron vi­vir.. sa­ca con­clu­sio­nes de su exis­ten­cia.

Juan Die­go Mos­que­ra se ajus­ta a esa apre­cia­ción. Él es uno de los mi­les de za­fre­ros que de­cía que la castaña es una ben­di­ción inaca­ba­ble. Afir­ma­ba que so­lo hay que ser va­lien­te y vi­vir en me­dio del monte va­rios me­ses pa­ra re­co­ger la fru­ta, ven­der­la y vi­vir. Pe­ro aho­ra ya cam­bió de opi­nión. Su­gie­re no con­fiar­se más en la pro­di­ga­li­dad de la flo­res­ta.

“Hay po­ca castaña y todo es­tá mal. ¿ A dón­de ire­mos a pa­rar?”, pre­gun­ta.

Rocío Aya­la To­le­do es di­ri­gen­te del Sin­di­ca­to de Ma­dres Sol­te­ras Za­fre­ras. Di­ce que las mu­je­res es­tán lle­van­do la peor par­te de la si­tua­ción. “So­mos más de 90 aso­cia­das. No hay pla­ti­ta pa­ra com­prar co­mi­da. Siem­pre en­tra­mos al monte, co­mo los hom­bres, a re­co­ger cas­ta­ñas. Aho­ra no hay tra­ba­jo. Salimos a la­var ro­pa, es te­rri­ble nues­tra si­tua­ción, no hay di­ne­ro...”

Fun­da­da en 1894, Ri­be­ral­ta es­tá en la con­fluen­cia de los ríos Be­ni y Ma­dre de Dios

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