El Do­nald Trump que co­no­cí

El Deber - Séptimo Día - - Informe Central - RO­BIN PE­RE­DO PE­RIO­DIS­TA

E n 1996 Do­nald Trump com­pró el concurso Miss Uni­ver­so. Le ve­nía co­mo ani­llo al de­do, pues iba a es­tar jun­to a mu­je­res her­mo­sas, que tan­to le gus­tan y a las cua­les no se pue­de re­sis­tir. Él mis­mo lo con­tó en la gra­ba­ción que se fil­tró ha­ce al­gu­nas se­ma­nas.

Des­de que ad­qui­rió el cer­ta­men uni­ver­sal de be­lle­za, has­ta que lo ven­dió en 2015, el mag­na­te es­ta­dou­ni­den­se asis­tió a ca­si to­das las ga­las fi­na­les. Lle­ga­ba a la se­de del even­to co­mo to­do un ‘star pop’, en avión pri­va­do, con un sé­qui­to de ase­so­res, se­cre­ta­rias y guar­daes­pal­das, has­ta pa­re­cía un pre­si­den­te. En esos años po­cos se ima­gi­na­rían que lle­ga­ría a ga­nar las elec­cio­nes pre­si­den­cia­les en su país. Cau­sa­ba tal re­vue­lo en­tre la gen­te y la pren­sa, que las mis­ses pa­sa­ban a se­gun­do plano.

Le gus­ta­ba que le to­men fo­tos, que gri­ten su nom­bre, que lo sa­lu­den y en­tre­vis­ten. Se no­ta­ba que ama­ba el show, ya era un hom­bre me­diá­ti­co. En to­das las ga­las lo pre­sen­ta­ban y la pro­duc­ción del concurso pe­día al pú­bli­co que lo aplau­dan. Era Do­nald Trump, un es­pec­tácu­lo apar­te, tan im­por­tan­te co­mo la ga­na­do­ra del tí­tu­lo de Miss Uni­ver­so.

Cuan­do lle­ga­ba a los en­sa­yos de los con­cur­sos subía al es­ce­na­rio y pe­día que to­das las can­di­da­tas a Miss Uni­ver­so se pa­ren en lí­nea rec­ta pa­ra ver­las, de pies a ca­be­za, una por una. Las sa­lu­da­ba y se to­ma­ba fo­tos con mu­chas de ellas, so­bre to­do con quie­nes más les gus­ta­ba. Se no­ta­ba que le en­can­ta­ban las mu­je­res jó­ve­nes y her­mo­sas. Sus ojos azu­les y su ros­tro no men­tí- an, de­la­ta­ban que es­ta­ba fe­liz en me­dio de tan­tas fé­mi­nas. Pa­ra las fo­tos las abra­za­ba y to­ma­ba por la cin­tu­ra, y ellas fe­li­ces le se­guían el jue­go, y es que se tra­ta­ba de Mr. Trump, el mi­llo­na­rio due­ño del concurso, que po­dría cam­biar­les la vi­da a cual­quie­ra de ellas. So­lo una vez vi que una miss no es­ta­ba de acuer­do con los ‘to­que­teos’ de Trump y le sa­có la mano de su cin­tu­ra; fue la delegada de Co­lom­bia, y cu­rio­sa­men­te ese año, esa can­di­da­ta no cla­si­fi­có a las se­mi­fi­na­les, a pe­sar de su be­lle­za.

Ade­más de un ne­go­cio, que le ge­ne­ra­ba mi­llo­nes de dó­la­res, Miss Uni­ver­so le da­ba pa­les­tra y so­bre to­do, la opor­tu­ni­dad de es­tar cer­ca a mu­je­res her­mo­sas, una de sus gran­des de­bi­li­da­des car­na­les.

En 1996 y 1997 Trump fue el Miss Uni­ver­so acom­pa­ña­do de su se­gun­da es­po­sa, Mar­la Ma­ples, que ade­más fue maes­tra de ce­re­mo­nias del concurso. En los re­cien­tes años lo hi­zo jun­to a su nue­va com­pa­ñe­ra, Me­la­nia Trump, que la ex­hi­be co­mo si fue­se una va­lio­sa jo­ya.

A Trump le en­can­tan las mu­je­res be­llas y lla­mar la aten­ción. Se ha­ce sen­tir cuan­do lle­ga a al­gún lu­gar y sus pro­duc­to­res pi­den a la gen­te que lo aplau­dan. Aho­ra que es el pre­si­den­te elec­to de los Es­ta­dos Uni­dos ten­drá más op­cio­nes de dar­se esos gus­ti­tos

“So­lo una vez vi que una miss no es­ta­ba de acuer­do con los to­que­teos de Trump y le sa­có la mano de su cin­tu­ra”

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