MÜ­LLER AL DES­NU­DO

Sin re­pa­ros. El ar­tis­ta es el sex­to in­vi­ta­do del sec­tor Con­tra­la pa­red. Sin pe­los en la len­gua re­co­no­ce su fe en ca­da Vir­gen y Cris­to des­nu­do y se vuel­ve de­trac­tor de al­gu­nos de su ám­bi­to.

El Deber - Sociales (Bolivia) - - Portada - SIL­VA­NA VINCENTI

Alos 11 años pen­sa­ba en ser sa­cer­do­te; a los 19 se ca­só y su ma­tri­mo­nio du­ró un año y me­dio; vio la tris­te reali­dad de los gays de su épo­ca, cuan­do di­ce que por po­co los pa­tea­ban has­ta san­grar en la pla­za, y ‘pe­ló’ al ex­te­rior. Vol­vió en los años 90 y mi­ró San­ta Cruz con ojos de ciu­dad y, a pe­sar de ser el si­tio don­de vi­vió re­pri­mi­do has­ta en­ton­ces, no cam­bia por na­da su tie­rra na­tal. Al­fre­do Mü­ller (59), a quien su ma­dre tra­tó de ‘en­de­re­zar’, es uno de los más irre­ve­ren­tes ar­tis­tas. En pú­bli­co mues­tra que po­co le im­por­tan las crí­ti­cas, pe­ro a so­las se ha de­rrum­ba­do, su­po de llan­to y de cal­man­tes des­pués de las re­per­cu­sio­nes de sus pri­me­ras obras po­lé­mi­cas. Cree que es el cos­to por abrir ca­mino.

¿Quién es Al­fre­do Mü­ller? Mi vi­da es el ar­te, y a me­di­da que el tiem­po avan­za, te afe­rrás más a esas co­sas, les das más én­fa­sis y ho­ras. Es co­mo una bús­que­da del epi­ta­fio pa­ra mi lá­pi­da. Me de­fino co­mo al­guien ex­tre­ma­da­men­te ob­se­sio­na­do con el ar­te. To­das las otras co­sas en mi vi­da ven­drían en se­gun­do plano.

Se di­ce que es di­fí­cil la ca­rre­ra de ar­tis­ta; sin em­bar­go, lle­va mu­chos años en ella. Se de­be vi­vir bien... Bien… en Pa­rís. Esa pa­sión tie­ne al­go de fuer­za in­te­rior. Pu­de te­ner ca­ren­cia de mu­chas co­sas, pe­ro ni en mis peo­res cri­sis eco­nó­mi­cas, cuan­do he vi­vi­do afue­ra, me fal­ta­ban te­las y pin­ce­les. No sé por qué la gen­te di­ce que son ca­ros, cuan­do de­jé de pin­tar fue por­que sim­ple­men­te no pu­de ha­cer­lo. En la His­to­ria del Ar­te, el ar­tis­ta es pro­le­ta­rio, o peor, men­di­go... pe­ro pin­ta. Ese es el ca­so de un Van Gogh.

¿Qué di­ce a quie­nes lla­man re­pu­dia­bles sus obras? Los ca­tó­li­cos quie­ren que­mar­me, los ju­díos tam­bién. Creo en Dios y los que cree­mos en él pen­sa­mos que el ser hu­mano ha si­do he­cho a su imagen y se­me­jan­za. Pien­so que Dios, al crear al hom­bre y a la mu­jer, los con­tem­pló co­mo yo con­tem­plo un cua­dro cuan­do me sa­le bien y quie­ro mos­trar­lo. El hom­bre y la mu­jer son la obra más be­lla de la crea­ción, con­tan­do ga­la­xias. Ahí es­ta­rán las ta­ras de ca­da per­so­na, yo no ten­go pro­ble­ma de mos­trar y ver al ser hu­mano, o ver­me yo des­nu­do; es be­llo, en to­das sus eda­des y pro­por­cio­nes.

¿Es­tá la ma­li­cia en los ojos de ellos? He pin­ta­do an­ge­li­tos de días de na­ci­dos y hay gen­te que lo ha­lla mor­bo­so. An­dá a sa­ber pen­sa­mien­tos y ape­ti­tos que tie­ne ese ta­ra­do al ver un be­bé des­nu­do, por Dios. En­ton­ces, po­ne­le a otro ta­ra­do un ser hu­mano más gran­de­ci­to...

Al­fre­do es de car­ne y hue­so ¿Qué sien­te al ver un cuer­po des­nu­do? Mi preo­cu­pa­ción más gran­de es acer­tar. Por su­pues­to que la mag­ni­fi­cen­cia a mi la­do, in­clu­si­ve co­mo ar­tis­ta … de­li­ro por­que vuel­vo a ver la mo­ti­va­ción que me lle­vó a ser ar­tis­ta, creo que mi de­li­rio por el cuer­po hu­mano es lo que me lle­vó a pin­tar.

¿La po­lé­mi­ca se ar­mó por pin­tar a la Vir­gen Ma­ría des­nu­da? ¡Ay, ma­mi­ta!, des­de que ten­go uso de ra­zón siem­pre en mi ca­sa, an­tes de pin­tar, an­tes de to­do, ten­go al­go que es co­mo una li­ba­ción… una ve­la, un ave­ma­ría, y a ve­ces más de uno. Sin an­tes un ave­ma­ría, no pin­to, es la ma­dre.

Al­gu­na vez di­jo que es el ar­tis­ta es­co­gi­do pa­ra pin­tar a la Vir­gen ¿Quién lo es­co­gió? La pro­pia Vir­gen. Te lo di­ce cual­quie­ra y te lo di­go yo por ex­pe-

Aban­do­nó sus es­tu­dios de Arquitectura y apren­dió a pin­tar co­mo au­to­di­dac­ta. Di­ce que no fue na­da fá­cil

La pin­tu­ra es su prio­ri­dad, pe­ro tam­bién da cla­ses. El ar­te le da su pro­pio lu­gar le­jos del in­fierno co­ti­diano

A pe­sar de los ‘pe­ros’, se de­cla­ra enamo­ra­do de su na­tal San­ta Cruz, al que lla­ma su ama­do pue­blo ca­ra­cha

Re­co­no­ce que tie­ne el ego in­fla­do por­que to­do lo que lo­gró has­ta la fe­cha le ha cos­ta­do ‘un hue­vo’

rien­cia. El que pin­ta una vir­gen no trans­mi­te y peor si pin­ta sin fe. Hay aquí quie­nes pin­ta­ron a la Vir­gen y a Cris­to sin res­pe­to, sin fe y na­da trans­mi­ten. Es cual­quier co­sa. Mis vír­ge­nes, ves­ti­das o des­nu­das, y desafío a cual­quie­ra a que di­ga lo con­tra­rio, son vír­ge­nes. Y eso mis­mo lo su­po el car­de­nal en su tiem­po, que man­dó a su vo­ce­ro, des­pués de tan­to des­ba­ra­jus­te, y di­jo que mi ar­te era con­de­cen­te con el dog­ma, con el hu­ma­nis­mo que la Igle­sia con­tie­ne y ca­lla­ron to­das las vie­jas que tan­ta hue­va­da ha­bla­ron. He pin­ta­do cien­tos de vír­ge­nes y un tiem­po me de­di­qué a la Vir­gen indígena y la gen­te co­pe­tu­da que­rien­do ma­sa­cre. La gen­te hu­mil­de sí vio a la Vir­gen. Cuan­do me fal­tan fuer­zas, pin­to pa­ra el hu­mil­de. ¿Por qué sus úl­ti­mas vír­ge­nes fue­ron ves­ti­das? Por el desafío del Neo­ba­rro­co y no es que las úl­ti­mas vír­ge­nes fue­ron ves­ti­das, ya ven­go con una his­to­ria de vír­ge­nes ves­ti­das. Hu­bo de­man­da, gen­te importante en el mun­do del ar­te so­li­ci­tó ese ti­po de obras en los úl­ti­mos años. Me da lo mis­mo, me en­can­ta ver un cua­dro de la Vir­gen Ma­ría en­man­to­na­da o des­nu­da. Es el mis­mo desafío de lo­grar­la. Pue­do in­ter­ca­lar­las. Al­gu­nos di­cen que se es­tá re­pi­tien­do la obra... He es­cu­cha­do es­tu­pi­de­ces, co­mo que el in­di­ge­nis­mo pa­só de mo­da. ¿Creés que un ti­po de ser hu­mano pa­sa de mo­da? Hay uno por aquí, que pin­tor no es por su­pues­to, se di­ce ar­tis­ta, que pu­bli­có mu­cha his­to­ria, que­rien­do una po­lé­mi­ca del ar­te de ca­ba­lle­te y una sar­ta de co­sas, co­mo que el in­di­ge­nis­mo pa­só de mo­da. Yo ten­go san­gre cam­ba y no me vas a po­ner de mo­da, la Vir­gen no pue­de pa­sar de mo­da, en 2.000 años eso no ocu­rrió; ves­ti­da o no ves­ti­da, tie­ne una con­tem­po­ra­ni­za­ción que sí es es­tu­dia­da. En el ar­te na­da es nue­vo, ahora yo aga­rro el Ba­rro­co, le doy ma­ti­ces de mo­der­ni­dad.

¿Qué opi­na de la gue­rra que Ti­to Ku­ra­mot­to de­cla­ró al ar­te con­cep­tual? Ha­ce po­co, en una en­tre­vis­ta a es­te dia­rio, ha­blé del fi­gu­re­te­río y de que el ar­tis­ta de­be­ría valer por su obra. Hay un diz­que ar­te que es ‘jai­lón’, y ese ‘jai­lón’ se an­te­po­ne a la obra. El abs­trac­to es pa­sa­do de mo­da; to­das las ten­den­cias las he pro­ba­do pa­ra po­der des­men­tir­las, igual el con­cep­tual en al­gún mo­men­to, pa­ra de­cir que es mier... al la­do de una vir­tuo­si­dad de pin­tu­ra. Ese ar­te de­be te­ner con­su­mi­do­res... Sin­ce­ra­men­te esos no se com­pran. Cuan­do te­nés una Bie­nal de San Pa­blo, pa­gás en­tra­da co­mo a un cir­co, no ga­nás por la obra, ga­nás por el cir­co, por la en­tra­da; es un fi­gu­re­teo de ‘jai­lo­nes’. Nom­bra­me del ar­te con­cep­tual a al­guien hu­mil­de, co­mo es el al­ma del ar­tis­ta. No, sos un ri­co que que­rés ha­cer­te el ar­tis­ta y en­ga­ñás al mun­do. Ese diz­que mo­der­nis­mo ya pa­só. ¿Lo han re­cha­za­do en es­pa­cios por pen­sar así? Cla­ro, pe­ro quién pue­de con­tra la obra. To­dos los que qui­sie­ron anu­lar­me, ahí es­tán. No quie­ro nom­brar­los por de­cen­cia, pe­ro to­dos es­tos pe­lo­tu­dos, fi­gu­re­tis lo in­ten­ta­ron. ¿Por eso abrió su pro­pia ga­le­ría en su ca­sa? Por­que ten­go una pro­duc­ción ex­ten­sa, pro­duz­co can­ti­dad enor­me de cua­dros. Aho­ri­ta es­toy pro­du­cien­do cuatro ex­po­si­cio­nes por año pa­ra no ha­cer 10, por­que es un mun­do chi­co el de­vo­to del ar­te y pue­de ge­ne­rar un can­san­cio. ¿Tie­ne con­se­cuen­cias es­tre­llar­se con sus pa­res? Por eso ten­go mi ga­le­ría y so­lo pa­ra los chi­cos en los que creo, por­que los vie­jos es­tán vi­cia­dos o ya la tie­nen he­cha. ¿Có­mo es la vi­da en ca­sa? Con mis tres pe­rras, que son mis amo­res; creo que yo las pa­rí. ¿No es muy so­la esa vi­da? No, qué creés vos. Ca­sar­se con una mu­jer sa­bien­do que era gay es en­ga­ño. Pe­ro por su­pues­to, pe­ro cuán­tos ha­cen eso ahora que tie­nen más li­ber­ta­des. Yo di­je: “Aun­que me cues­te lo que me cues­te, es­ta des­ho­nes­ti­dad de vi­da no la voy a lle­var”. ¿A qué edad re­co­no­ció su in­cli­na­ción se­xual? La se­xua­li­dad no es al­go que te in­ven­tás, ese es un dis­cur­so de lo más te­rro­rí­fi­co. El ser hu­mano na­ce con una de­fi­ni­ción ab­so­lu­ta de su reali­dad, na­die se for­ma en el ca­mino, na­cés gay. Ven­go de una ge­ne­ra­ción en la que se pa- tea­ba has­ta san­grar a los gays, vi esa reali­dad, ‘pe­lé’ y vol­ví en los 90, a los 35 años, y vi que ha­bía cam­bia­do to­do. Es­ta ge­ne­ra­ción de­be agra­de­cer. ¿Có­mo lo ha­bló en ca­sa? Nun­ca se ha­bló. ¿Vos creés que lo ha­blo? ¿Por qué de­cir “soy gay” y no sim­ple­men­te ser­lo? Qui­zás lle­gue un tiem­po cuan­do no ten­gás que ha­blar­lo. De­cir “soy he­te­ro” no es ne­ce­sa­rio, es­tá apro­ba­do, pe­ro de­cir soy gay, peor en el ca­so mío, no te­nés idea de lo que es re­pri­mir tu ver­dad, es te­rri­ble. De re­pen­te ese gay vi­ve una vi­da in­fer­nal y en- ci­ma has­ta se ca­sa y ca­ga a otra per­so­na, a hi­jos, a to­do un en­torno por­que no asu­me lo be­llo del don de la di­ver­si­dad. ¿Cuánto cues­ta re­co­no­cer­se di­fe­ren­te? Son va­lo­res que ate­mo­ri­zan, co­mo mu­chas co­sas que es­tán he­chas pa­ra sen­tir te­mor, pe­ro sol­tás... y aca­bó. Siem­pre hu­bo ma­ri­cas y put... en es­te mun­do.

¿Y no son par­te de la di­ver­si­dad quie­nes de­fien­den a su Vir­gen Ma­ría y a su Cris­to co­mo sa­gra­dos y ves­ti­dos? Cuan­do yo ha­blo de di­ver­si­dad sí, pe­ro el im­bé­cil te ar­ma un ge­no­ci­dio, te ha que­ma­do gen­te, ha tor­tu­ra­do y eso no es di­ver­si­dad. Te­ne­mos que pro­gre­sar to­dos pa­ra que el im­bé­cil ten­ga me­nos fuer­za en su dis­cur­so y en su ac­ción. ¿Al­gu­na vez lo agre­die­ron por su ar­te des­nu­do? Des­de lla­mar­me ma­ri­cón, te­ner que en­trar co­rrien­do a mi ca­sa des­de la es­qui­na de la pla­za se­gui­do por un jeep, y cuan­do me han que­ri­do que­mar; es­ta­ban con ti­je­ras, so­gas y es­pray cuan­do ex­pu­se y tu­vie­ron que ce­rrar tres días la Ca­sa de la Cul­tu­ra. Yo es­ta­ba co­men­zan­do y me la pa­sé a pun­ta de Va­lium y llan­to, pe­ro no lo mues­tro. Esas co­sas te de­rrum­ban, pe­ro na­die me vio llo­rar, no de­jo, y tam­po­co aban­dono el te­ma sa­bien­do que ten­go ra­zón. ¿Que­ría ser sa­cer­do­te sa­bién­do­se gay? Te­nía pa­sión por la fe. Cuan­do ana­li­zás en la pu­ber­tad, re­cién te das cuen­ta de que siem­pre fuis­te gay, es por eso y no por adi­vi­na que tu ma­dre ha­ce to­do pa­ra en­de­re­zar­te man­dán­do­te al Li­ceo Mi­li­tar. Pe­ro vol­ví más ma­lean­te de ahí.

A SUS 59 AÑOS. El pin­tor en su es­pa­cio más ín­ti­mo, don­de ‘fa­bri­ca’ has­ta cuatro se­ries de cua­dros al año

FO­TOS: SER­GIO CHUQUIMIA

EN SU GA­LE­RÍA. Al­fre­do ex­po­ne sus obras en su pro­pia ca­sa, en el cen­tro de la ciu­dad

LA FIGURA HU­MA­NA, SU FA­VO­RI­TA. Ha pin­ta­do to­do ti­po de per­so­na­jes, pe­ro sus des­nu­dos de la Vir­gen Ma­ría y de Cris­to desata­ron la po­lé­mi­ca

Newspapers in Spanish

Newspapers from Bolivia

© PressReader. All rights reserved.