El en­cuen­tro con­si­go MIS­MA

Ex­clu­si­va. A sus 38 años la em­pre­sa­ria Jes­si­ca Kul­jis se rein­ven­tó y en­con­tró en el ar­te una for­ma de ex­pre­sar sus sen­ti­mien­tos. Una char­la con el al­ma.

El Deber - Sociales (Bolivia) - - PORTADA - CRIS­TIAN MASSUD. TEX­TO JU­LIO GON­ZÁ­LEZ. FO­TOS

¡Splash! Las cer­das se prin­ga­ron de ese ro­jo ar­dien­te que des­can­sa­ba en el bo­te y aho­ra ese lien­zo blan­quí­si­mo ya no lo se­rá más. Po­co a po­co el co­lor to­ma vi­da y dan­za al son de aquel clá­si­co de la ‘Ne­gra’ So­sa. Una go­ta cae. Es muy pe­que­ña. No im­por­ta, por­que to­do lo que Jes­si­ca Kul­jis quie­re de­jar en el cuadro es su al­ma en­te­ra.

Pin­ta­ba des­de sus 20 y ja­más qui­so mos­trar su ar­te. Te­nía ver­güen­za, pro­duc­to de su ba­ja au­to­es­ti­ma. “Ani­ma­te, lan­za­te”, le de­cían sus ami­gas al ver sus obras. Ella so­lo mo­vía su cabeza ne­ga­ti­va­men­te. Tu­vie­ron que pa­sar 18 pri­ma­ve­ras pa­ra que al fin la oru­ga se con­vir­tie­ra en ma­ri­po­sa.

Fue­ron seis me­ses de en­tre­ga. En 2017. No sa­lía de su cue­va (es co­mo lla­ma a su ta­ller) y allí le dio vi­da a Flo­re­cer, su pri­me­ra gran ex­po­si­ción que lle­vó a la Ca­sa Mel­chor Pin­to y des­pués a Mia­mi y a Nue­va York. Con ella pu­do mos­trar la Jes­si­ca que res­pi­ra hoy.

Cri­sis, exis­ten­cia­lis­mo...

An­tes. Nue­ve años con­vi­vió con Ro­dri­go Cres­po. El di­vor­cio lo es­tam­pa­ron am­bos ha­ce tres. Ja­más ha­bló de eso. Y sí, es el epi­so­dio más es­pan­to­so de su vi­da. No es al­go que se pue­da di­ge­rir fá­cil­men­te. Po­día huir a una is­la, des­plo­mar­se so­bre la are­na y llo­rar des­con­so­la­da­men­te sin im­por­tar cuán­tas lu­nas pa­sa­ran, pe­ro no lo hi­zo.

Qui­so ex­plo­rar­se a sí mis­ma. Qui­so plan­tear­se to­das esas pre­gun­tas que se des­pren­den del exis­ten­cia­lis­mo. Y lle­gó a la con­clu­sión de que una cri­sis, cual­quie­ra que fue­ra es­ta, no de­be­ría ser si­nó­ni­mo de ines­ta­bi­li­dad, sino de opor­tu­ni­dad. ¿Pa­ra qué? Pa­ra rein­ven­tar­se, cre­cer, cam­biar, evo­lu­cio­nar.

“El día de mi ex­po­si­ción fue muy sig­ni­fi­ca­ti­vo. Yo sen­tía que me lo de­bía. Pue­do in­ter­pre­tar el ar­te co­mo un gran maes­tro de mi vi­da, por­que a tra­vés de él he po­di­do ver­me, en­con­trar­me, co­no­cer­me, desafiar­me, atre­ver­me y mos­trar­me. El desafío era ese: co­no­cer­me y sa­nar. El ar­te ha si­do una for­ma de sa­na­ción y cla­ri­dad en mi vi­da”, ex­pre­sa. Y com­ple­men­ta: “Aho­ra to­dos pue­den ver mi al­ma plas­ma­da en la pin­tu­ra”.

Eso de no fir­mar las obras y de te­ner­las en­ce­rra­das ba­jo sie­te lla­ves que­dó en el pa­sa­do, por­que ya pu­do li­be­rar­se. Con su exes­po­so tie­ne una muy bue­na re­la­ción ba­sa­da en la crian­za de Valentina (9) y Ma­xi­mi­li­ano (6). Am­bos tie­nen “un acuer­do”. Uno no des­au­to­ri­za al otro. Y los dos com­par­ten su es­pa­cio con sus re­to­ños.

So­le­dad, com­pa­ñía...

Jes­si­ca ase­gu­ra que du­ran­te tres años no tu­vo nin­gu­na re­la­ción amo­ro­sa. Fue adre­de, in­ten­cio­nal. “Apren­dí a vi­vir fe­liz con­mi­go mis­ma y a no te­ner la ne­ce­si­dad de sen­tir a al­guien a mi la­do pa­ra te­ner fe­li­ci­dad”, aña­de.

Un día Gus­ta­vo Ávi­la, su vie­jo ami­go, de­jó Es­ta­dos Uni­dos y re­tor­nó a Bo­li­via. Es­te su­cren­se, de 42 años, la lle­vó al en­cuen­tro con el amor de nue­vo. Lle­van ape­nas dos me­ses. Lo une a él esa pa­sión por el ar­te (es can­tan­te) y esa ga­rra con la vi­da (es abo­ga­do y em­pre­sa­rio). La dis­tan­cia no es un obs­tácu­lo y se ven to­do el tiem­po. “Una pa­re­ja no te com­ple­men­ta. Una pa­re­ja te acom­pa­ña”. Eso es par­te de su cre­do.

¿Casarse? Ahí res­pi­ra. Es de esas mu­je­res que no se to­ma na­da a la li­ge­ra. Di­ce que en to­do es­te pro­ce­so de apren­di­za­je en­ten­dió que nun­ca hay que de­cir “nun­ca” y “siem­pre”, por­que na­die sa­be lo que el fu­tu­ro se trae en­tre ma­nos. Qui­zá lle­gue a ca­mi­nar ha­cia el al­tar y vuel­va a te­ner dos hi­jos. Eso no pue­de sa­ber­lo ni ella ni na­die.

La te­le, la po­si­ción so­cial...

Te­nía 26 cuan­do pi­só por pri­me­ra vez el ca­nal te­le­vi­si­vo que en­ca­ró su pa­dre, Ivo Kul­jis. Lo re­cuer­da co­mo si fue­ra ayer. Pa­sa­ron los días y sen­tía que no po­día en­ca­jar en la em­pre­sa, así que se fue adon­de su pa­pá y le pi­dió que la co­lo­ca­ra en un car­go don­de ella pue­da fluir y cre­cer po­co a po­co. Así lle­gó a ser di­rec­to­ra de pan­ta­lla y des­pués fue es­ca­lan­do.

Du­ran­te to­do es­te tiem­po es­tu­vo in­vo­lu­cra­da en la par­te crea­ti­va de la Red Uno y cree que las co­sas han fun­cio­na­do y die­ron bue­nos fru­tos. Mu­chos de sus co­le­gas que com­par­tie­ron con ella esa pri­me­ra vez si­guen a su la­do. Y “no se le subie­ron los hu­mos”. Nie­ga ha­ber lle­ga­do al­gu­na vez gol­pean­do la me­sa y di­cien­do que ella era la jefa. Lo di­ce hu­mil­de­men­te. “Eso se lo pue­de pre­gun­tar a cual­quie­ra”, de­sa­fía. Y se arre­gla la ca­be­lle­ra.

Re­co­no­ce que fue cria­da en una cu­na aco­mo­da­da de la so­cie­dad y que por mo­men­tos fue di­fí­cil cre­cer en­tre per­so­nas que le de­cían: “Tie­ne es­to, por­que es la hi­ja de Ivo Kul­jis” o “con­si­gue es­to, por­que es la hi­ja de...”. Su­po con­vi­vir con ello. Y no, el

Eso de es­tar so­la fue adre­de... Una pa­re­ja no viene a com­ple­tar­te, sino a acom­pa­ñar­te”

di­ne­ro no lo es to­do. Se pre­pa­ró pa­ra co­man­dar una te­le­vi­so­ra. Tie­ne co­no­ci­mien­tos de mar­ke­ting, di­rec­ción de ar­te y has­ta de ac­tua­ción. Es­tu­dió en Bo­li­via y en EEUU. Y con sus ar­mas co­men­zó a cons­truir su cas­ti­llo y con los gol­pes de la vi­da su­po rein­ven­tar­se. Eso no se com­pra con un fa­jo de bi­lle­tes ver­des. “Po­dés te­ner una cuen­ta gi­gan­te en el ban­co, pe­ro ella no te da un pa­sa­je a la fe­li­ci­dad”, sub­ra­ya.

Aho­ra es di­rec­to­ra eje­cu­ti­va de la Red Uno. Y fue la im­pul­so­ra del es­lo­gan “La ale­gría es na­ran­ja”. Cree que la edad es so­lo un nú­me­ro, na­da más. Se en­con­tró con la pin­tu­ra a sus 38, por­que es­te era el mo­men­to ade­cua­do. No an­tes. El 23 de oc­tu­bre ten­drá 39 y en 2019, cuan­do lle­gue a la ci­fra en­te­ra, se irá de via­je con sus ami­gas. Quie­re adu­lar­se, por­que se lo me­re­ce, pe­ro no quie­re re­ve­lar el lu­gar adon­de via­ja­rá.

En su mo­men­to le to­có en­fren­tar sus ma­yo­res te­mo­res y des­pués de mu­chas ba­ta­llas, ven­ció. Ese ro­jo in­ten­so ya se se­có. Y su olor se dis­per­só en to­do el sa­lón. En él hay una par­te de sus emo­cio­nes. Pron­to vol­ve­rá a aga­rrar el pin­cel pa­ra ser sim­ple­men­te ella: Jes­si­ca Kul­jis.

1 y 2. Ella. Con sus obras de fon­do y mos­tran­do su ‘esen­cia’, así po­só pa­ra Ju­lio Gon­zá­lez

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