NIE­VE Y MON­TA­ÑA

Caras (Chile) - - CONTENIDO - Por San­dra Ro­jas

En nues­tro es­pe­cial reuni­mos los me­jo­res au­to­mó­vi­les to­do­te­rreno; el boom tu­rís­ti­co de la fría Is­lan­dia y las nue­vas ru­tas pa­ta­gó­ni­cas.

POR UN LA­DO SE AL­ZAN LAS MON­TA­ÑAS CU­BIER­TAS DE NIE­VE Y LOS MÁS GRAN­DES GLA­CIA­RES DEL PLA­NE­TA. POR EL OTRO, VOL­CA­NES Y GÉISERES SE IM­PO­NEN CON SUS AL­TAS TEM­PE­RA­TU­RAS DE­MOS­TRAN­DO QUE EL CON­TRAS­TE ES EL CO­MÚN DE­NO­MI­NA­DOR DE ES­TE TE­RRI­TO­RIO VI­KIN­GO. CON­SI­DE­RA­DO UNO DE LOS PAÍ­SES MÁS DESA­RRO­LLA­DOS DEL PLA­NE­TA, ÉS­TE ES EL DES­TINO IDEAL PA­RA LOS QUE BUS­CAN AVEN­TU­RA, HIE­LO Y NA­TU­RA­LE­ZA MI­LE­NA­RIA.

Cuan­do el vi­kin­go Fló­ki Vil­ge­rðar­son es­cu­chó so­bre la exis­ten­cia de una pro­me­te­do­ra y con­ge­la­da tie­rra al oes­te de su na­tal No­rue­ga, la idea de ini­ciar una nue­va vi­da en un te­rri­to­rio ca­si vir­gen le pa­re­ció ten­ta­do­ra. Si bien la is­la ya ha­bía si­do des­cu­bier­ta por otro fé­rreo vi­kin­go, po­cas eran las per­so­nas que se atre­vían a via­jar de­li­be­ra­da­men­te has­ta ese sec­tor, por lo que Fló­ki fue uno de los pio­ne­ros. Ga­na­do, mu­jer e hi­jos a bor­do, ini­ció un via­je que lo lle­va­ría a trans­for­mar­se en uno de los pri­me­ros ha­bi­tan­tes de Is­lan­dia. Des­pués de me­ses de na­ve­ga­ción, el hom­bre li­be­ró tres cuer­vos que lo acom­pa­ña­ban. El pri­me­ro se di­ri­gió al sur, re­co­rrien­do el ca­mino de vuel­ta a ca­sa. El se­gun­do so­bre­vo­ló el bar­co, vol­vien­do a los po­cos mi­nu­tos. Pe­ro fue el ter­ce­ro el que en­tre­gó la in­for­ma­ción que es­pe­ra­ban. La vi­vaz ave se di­ri­gió al no­roes­te y no re­gre­só, de­mos­tran­do que el lu­gar que bus­ca­ban es­ta­ba cer­ca. Una vez en tie­rra, Vil­ge­rðar­son subió a la mon­ta­ña más al­ta y des­de allí ob­ser­vó el te­rri­to­rio ba­ña­do en nie­ve, bau­ti­zán­do­lo co­mo Is­land, li­te­ral­men­te tie­rra de hie­lo, en nór­di­co an­ti­guo.

Hoy, es­ta is­la en el ex­tre­mo no­roes­te de Eu­ro­pa es uno de los des­ti­nos pre­fe­ri­dos. Vol­ca­nes, gla­cia­res, ice­bergs, géiseres, fior­dos y cas­ca­das se en­tre­mez­clan con un uni­ver­so en don­de trolls y el­fos son par­te im­por­tan­te de la mi­to­lo­gía. De­bi­do a su ubi­ca­ción en ple­na dor­sal me­soatlán­ti­ca, el pai­sa­je de Is­lan­dia se des­ta­ca por su al­ta ac­ti­vi­dad vol­cá­ni­ca y por su cli­ma sub­po­lar oceá­ni­co, que se tra­du­ce en ve­ra­nos bre­ves e in­vier­nos lar­gos. Es­to, su­ma­do a una des­ta­ca­da par­ti­ci­pa­ción en la Eu­ro­co­pa 2016, ha lle­va­do a que se trans­for­me en el nue­vo lu­gar de mo­da pa­ra los via­je­ros.

Si bien des­de 1262 a 1944 for­mó par­te de No­rue­ga y lue­go de Di­na­mar­ca, ya en el si­glo XX lo­gró la in­de­pen­den­cia, al­zán­do­se co­mo el ter­cer país más desa­rro­lla­do del pla­ne­ta. Sin su­pe­rar los 331 mil ha­bi­tan­tes, la ma­yor par­te de la po­bla­ción se con­cen­tra en la ca­pi­tal, Rei­kia­vik, con­si­de­ra­da una de las ciu­da­des más lim­pias y eco­ló­gi­cas del mun­do. Con só­lo cua­tro ho­ras de luz so­lar en in­vierno y no­ches com­ple­ta­men­te cla­ras en ve­rano, da la bien­ve­ni­da con mu­seos, igle­sias y ba­ños ca­lien­tes. A só­lo 13 ki­ló­me­tros del ae­ro­puer­to in­ter­na­cio­nal se al­za la icó­ni­ca La­gu­na Azul. Bal­nea­rio geo­ter­mal si­tua­do en un cam­po de la­va con mís­ti­cas aguas tur­que­sas a 40°C. Ca­lor, va­por y un am­bien-

IS­LAN­DIA ES LA TIE­RRA IDEAL PA­RA OB­SER­VAR AU­RO­RAS BO­REA­LES. FE­NÓ­MENO QUE TI­ÑE EL CIE­LO CON CO­LO­RES SU­RREA­LIS­TAS, ES­PE­CIAL­MEN­TE DU­RAN­TE OTO­ÑO E IN­VIERNO.

te de re­la­jo es la tó­ni­ca que inun­da la la­gu­na ri­ca en mi­ne­ra­les co­mo sí­li­ce y azu­fre, que ayu­dan a me­jo­rar en­fer­me­da­des de la piel.

Pe­ro más allá de la ur­ba­ni­dad, el pai­sa­je de Is­lan­dia se iden­ti­fi­ca por sus gla­cia­res, aca­pa­ran­do más hie­lo que cual­quier otro país eu­ro­peo. Tan­to así, que más del 10% de la is­la es­tá com­pues­to por es­tas in­men­sas ma­sas con­ge­la­das. Uno de ellos es el gla­ciar Vat­na­jö­kull. Tie­ne un área que su­pera los 8 mil ki­ló­me­tros cua­dra­dos, con­vir­tién­do­se en el más gran­de de Eu­ro­pa y en el atrac­ti­vo prin­ci­pal del par­que na­cio­nal de Vat­na­jö­kull. Es­te gi­gan­te blo­que de nie­ve con­ge­la­da da la po­si­bi­li­dad de que los tu­ris­tas re­co­rran sus cur­vas en mo­der­nas mo­tos de nie­ve. Un ver­da­de­ro re­ga­lo pa­ra los ex­cur­sio­nis­tas quie­nes, ade­más, pue­den es­ca­lar sus in­fi­ni­tas pa­re­des y re­co­rrer los más re­cón­di­tos pa­sa­di­zos. A sus pies, el la­go Jo­kul­sar­lon se des­plie­ga in­mer­so en un uni­ver­so de ice­bergs desafian­tes ba­jo los ame­na­zan­tes ra­yos de sol, con­vir­tién­do­se en una de las ma­ra­vi­llas na­tu­ra­les de Is­lan­dia. Ca­da año, el la­go cre­ce de­bi­do al de­rre­ti­mien­to de sus hie­los. Tan­tas son las con­se­cuen­cias, que su ta­ma­ño se ha cua­dru­pli­ca­do des­de 1970, pro­vo­can­do preo­cu­pa­ción en los ex­per­tos.

Es que así co­mo hay hie­lo, Is­lan­dia tam­bién se iden­ti­fi­ca por el fue­go. En la is­la hay un to­tal de 130 vol­ca­nes, de los cua­les 18 han en­tra­do en erup­ción. A 32 ki­ló­me­tros al nor­te del gla­ciar Vat­na­jö­kull se si­túa el vol­cán Ask­ja. Uno de los más te­mi­dos. Su erup­ción en 1875 pro­vo­có cen­te­na­res de muer­tes, por lo que el fan­tas­ma de la des­truc­ción aún ron­da en el sub­cons­cien­te de los is­lan­de­ses. Eso sí, no tan­to co­mo pa­ra evi­tar que los más osa­dos se su­mer­jan en las cá­li­das aguas de su crá­ter, lla­ma­do Vi­ti, uno de los más gran­des del país. Pa­ra lle­gar allí, só­lo es po­si­ble a tra­vés de ex­cur­sio­nes li­de­ra­das por pro­fe­sio­na­les.

Los géiseres son otro de los gran­des atrac­ti­vos de es­tas tie­rras, de he­cho, los mis­mos is­lan­de­ses fue­ron los en­car­ga­dos de bau­ti­zar­los con es­te nom­bre, y hoy es un sus­tan­ti­vo uti­li­za­do a ni­vel mun­dial. Es que es­tos cho­rros de agua ca­lien­te son un fe­nó­meno que en Is­lan­dia se re­pi­te más que en cual­quier otra par­te del mun­do, con más de 600 re­par­ti­dos a lo lar­go del país. El Gran Gey­sir es uno de los más re­co­no­ci­dos. Apo­da­do co­mo el pa­dre de to­dos los géiseres, so­lía ema­nar una to­rre de agua que al­can­za­ba los 60 me­tros de al­tu­ra, pe­ro la mano del hom­bre afec­tó su eco­sis­te­ma y hoy se ha trans­for­ma­do tan só­lo en un char­co de agua ca­lien­te. Pe­ro eso no qui­ta que exis­ta un enor­me nú­me­ro de ellos aún ac­ti­vos, co­mo Strok­kur, que eclo­sio­na ca­da cin­co mi­nu­tos al­can­zan­do los 20 me­tros.

Zo­na vi­kin­ga en don­de tam­bién abun­dan las cas­ca­das. Sel­ja­lands­foss es una de las po­cas a la que se pue­de in­gre­sar por atrás, per­mi­tien­do una pa­no­rá­mi­ca úni­ca de es­te fe­nó­meno. Otros más afor­tu­na­dos apro­ve­chan las con­di­cio­nes me­teo­ro­ló­gi­cas y, si se da la oca­sión, pue­den te­ner el ho­nor de ob­ser­var en pri­me­ra fi­la una au­ro­ra bo­real. Es que Is­lan­dia es uno de los me­jo­res lu­ga­res del pla­ne­ta pa­ra ver­las, es­pe­cial­men­te du­ran­te los me­ses de oto­ño e in­vierno. No en vano es con­si­de­ra­do el pa­raí­so na­tu­ral de Eu­ro­pa. Per­fec­to pa­ra los que bus­can si­tios no ma­si­fi­ca­dos in­mer­sos en un eco­sis­te­ma na­tu­ral en es­ta­do pu­ro. Una tie­rra de hie­lo y fue­go que pro­me­te una aven­tu­ra en­tre nie­ve, la­va y ma­jes­tuo­si­dad mi­le­na­ria.

Los is­lan­de­ses no su­pe­ran los 331 mil y un ter­cio de ellos vi­ve en su ca­pi­tal, Rei­kia­vik.

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