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Caras (Chile) - - CARAS DEL MUNDO -

Si exis­te una cer­te­za en Holly­wood es que Meryl Streep (67) ha­ce to­do bien. Bueno, ex­cep­to por su úl­ti­ma pe­lí­cu­la. La tres ve­ces ga­na­do­ra del Os­car —quien só­lo ha re­ci­bi­do elo­gios por ca­da rol en que ha te­ni­do que can­tar (A Prai­rie Ho­me Com­pa­nion, Mam­ma Mia!, En el bos­que, Ric­ki and the Flash, en­tre otras)— aho­ra sor­pren­de a to­dos por la for­ma en que des­afi­na en una nue­va pe­lí­cu­la: Flo­ren­ce Fos­ter Jen­kins. La his­to­ria de una mi­llo­na­ria so­cia­li­té de Nue­va York que en la pri­me­ra mi­tad del si­glo XX gra­bó dis­cos y has­ta ofre­ció un concierto a ta­ble­ro vuel­to en el Car­ne­gie Hall en 1944, pe­se a que no po­día dar bien con la más sim­ple no­ta.

La cin­ta que di­ri­ge Step­hen Frears (Re­la­cio­nes pe­li­gro­sas, Al­ta fi­de­li­dad, La Rei­na) —don­de tam­bién par­ti­ci­pan Hugh Grant (Not­ting Hill) y Si­mon Hel­berg (The Big Bang Theory)— to­ma los sue­ños de es­ta acau­da­la­da he­re­de­ra por ser una es­tre­lla. Al­go que fi­nal­men­te lo­gró por las ra­zo­nes con­tra­rias, trans­for­mán­do­se en una fi­gu­ra de cul­to has­ta es­te mi­le­nio.

No es exa­ge­ra­ción. Sus des­afi­na­dos dis­cos co­mo so­prano es­tán a la ven­ta de ma­ne­ra per­ma­nen­te y el pro­gra­ma de su concierto es uno de los más re­que­ri­dos en­tre los vi­si­tan­tes al pres­ti­gio­so Car­ne­gie Hall.

—¿Cuán­do fue la pri­me­ra vez que es­cu­chó a Flo­ren­ce Fos­ter Jen­kins?

—En Ya­le, en la es­cue­la de Tea­tro. Du­ran­te el al­muer­zo de un en­sa­yo de Sue­ño de una no­che de ve­rano los es­tu­dian­tes de mú­si­ca que es­ta­ban en la or­ques­ta no pa­ra­ban de reír. Nos acer­ca­mos y fue en­ton­ces cuan­do la es­cu­cha­mos en una cin­ta.

—¿Có­mo se re­la­cio­nan con Flo­ren­ce? ¿Al­gu­na vez sa­lió al es­ce­na­rio y re­ci­bió una reac­ción dis­tin­ta de lo que es­pe­ra­ba?

—En el Lin­coln Cen­ter con la obra Tre­lawny of the Wells. Era un elen­co ma­ra­vi­llo­so: Mandy Pa­tin­kin, John Lith­gow y Mary Beth Hurt. Prác­ti­ca­men­te era nues­tra pri­me­ra gran apues­ta. En fun­cio­nes de mar­cha blan­ca la gen­te se reía y lo pa­sa­ba muy bien. Pe­ro lue­go fue John Si­mon, crí­ti­co de la New York Ma­ga­zi­ne y fa­mo­so por ser cas­ca­rra­bias. Su reporte fue mor­daz. Des­pués de eso, el pú­bli­co se sen­ta­ba en si­len­cio. Ya le ha­bían di­cho qué sen­tir. La di­fe­ren­cia fue muy mar­ca­da. Ahí em­pe­cé a odiar a los crí­ti­cos.

—¿Lee a los crí­ti­cos?

—En aquel en­ton­ces lo ha­cía. Cuan­do ac­tua­bas en Nue­va York exis­tían tres opi­nio­nes que im­por­ta­ban: Cli­ve Bar­nes, John Si­mon y Mel Gus­sow. Des­pués de un de­but ve­nía una te­rri­ble sen­sa­ción y an­sie­dad por leer los dia­rios don­de co­men­ta­ban. Al­go muy de la vie­ja es­cue­la: te le­van­ta­bas tem­prano e ibas por el pe­rió­di­co.

Es­te año la siem­pre re­ser­va­da Meryl Streep ha te­ni­do una es­pe­cial vi­si­bi­li­dad. No só­lo por la pro­mo­ción de es­te lar­go­me­tra­je, sino que tam­bién por los diez años del es­treno de su co­me­dia de cul­to El dia­blo vis­te a la mo­da y su pro­ta­gó­ni­ca par­ti­ci­pa­ción en la Con­ven­ción De­mó­cra­ta.

—¿Pue­do pre­gun­tar­le de su dis­cur­so en la Con­ven­ción De­mó­cra­ta y su emo­ti­va reac­ción por Hi­llary Clin­ton?

—Lo sé, no me con­tro­lé. Es­cri­bí ese dis­cur­so por­que sen­tí que mu­chos no sa­ben acer­ca de las mu­je­res en la his­to­ria. Co­no­ce­mos a Be­ne­dict Ar­nold, el pri­mer trai­dor del país, pe­ro no de la pri­me­ra mu­jer que re­ci­bió una ba­la vis­tién­do­se de hom­bre pa­ra ser­vir a Es­ta­dos Uni­dos. Lue­go pen­sé en Hi­llary y to­da la por­que­ría que ha aguan­ta­do en los úl­ti­mos trein­ta años. Pro­ba­ble­men­te al­gu­nas co­sas me­re­ci­das, pe­ro la ma­yor par­te su vida ha si­do una gran ac­ti­vis­ta. Des­de el mo­men­to en que to­mó un año ex­tra en la Es­cue­la de De­re­cho de Ya­le pa­ra tra­ba­jar en el Cen­tro de Es­tu­dios de la In­fan­cia, con el ob­je­ti­vo de ave­ri­guar có­mo iden­ti­fi­car si un ni­ño ha­bía si­do vio­la­do. Bill Clin­ton ya es­ta­ba enamo­ra­do de ella y que­ría que se fue­ra con él a Ar­kan­sas. Ella, en cam­bio, via­jó a Ca­ro­li­na del Sur pa­ra crear un pro­gra­ma so­cial. Te­nía 25 años y ar­mó un sis­te­ma pa­ra edu­car ni­ños con dis­ca­pa­ci­dad, por­que en esos días los es­con­dían en las ca­sas. Ella nun­ca se de­tu­vo. Esa es una his­to­ria ocul­ta.

—¿Es su ami­ga?

—Es par­te de mi his­to­ria a tra­vés de or­ga­ni­za­cio­nes co­mo Wo­men in the World y Vi­tal Voi­ces. Ejer­ció una di­plo­ma­cia muy es­pe­cial. Por ejem­plo, cuan­do fue a Gua­te­ma­la pa­ra re­unir­se con

LA AC­TRIZ SUBIÓ AL ES­CE­NA­RIO DE LA CON­VEN­CIÓN DE­MÓ­CRA­TA PA­RA DAR UN DIS­CUR­SO DE APO­YO A SU AMI­GA HI­LLARY CLIN­TON.

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