GLO­RIA MÜNCHMEYER ‘Apren­dí a se­pa­rar lo que soy de lo que ha­go’

Caras (Chile) - - PORTADA -

Hi­ja de una fa­mi­lia tra­di­cio­nal de Vi­ña, se su­po­nía que Glo­ria Münchmeyer se casaría con al­guno de sus ami­gos hi­jos de ge­ren­te de ban­co y re­pe­ti­ría el pa­trón fa­mi­liar. Nun­ca na­die ima­gi­nó que, ter­mi­nan­do el co­le­gio, par­ti­ría a es­tu­diar tea­tro a San­tia­go, en­tre me­dio se casaría con el ac­tor Jor­ge Gue­rra (fa­mo­so por su per­so­na­je in­fan­til “Pin Pon” que creó en 1965), se se­pa­ra­ría, cria­ría so­la a sus dos hi­jos Jor­ge y Ca­ta­li­na —de en­ton­ces seis y cua­tro años— y vi­vi­ría de las ta­blas. Pe­ro le­jos de pa­ra­li­zar­se, Glo­ria arre­me­tió con más fuer­zas. “Es­ta­ba en la edad pre­ci­sa pa­ra creer­me el cuen­to. Tu­ve miedo, ló­gi­co; sin em­plea­da ni re­des de con­tac­to pa­ra de­jar a los ni­ños, pe­ro no po­día de­te­ner­me a pen­sar en mí, sino en pa­gar los co­le­gios, que tu­vie­ran que co­mer; ¡ha­bía que echar­le pa­ra ade­lan­te!”, re­cuer­da. Fue una bue­na eta­pa, crea­ti­va, de mu­cho tra­ba­jo, don­de hi­zo de to­do; des­de tí­te­res has­ta ma­qui­lla­je tea­tral. “El pri­mer punch, el atre­ver­se, es di­fí­cil por­que no sa­bes có­mo van a sa­lir las co­sas; pe­ro una vez que fun­cio­nan, vie­ne una sa­tis­fac­ción enor­me y de ahí es muy fá­cil se­guir. El re­sul­ta­do con los ni­ños se pal­pa a diario. Has­ta hoy te­ne­mos una re­la­ción im­pre­sio­nan­te. Eran los úni­cos que te­nían una ma­má co­mo yo, tan pre­sen­tes en sus vi­das. Más que una he­roí­na, to­mé el des­tino en mis ma­nos; me hi­ce car­go de mí y de ellos”, dice.

El tea­tro, que des­cri­be co­mo una vo­ca­ción; una fuer­za in­te­rior que em­pu­ja a ha­cer­lo aun­que es­té to­do en con­tra, ha si­do su tram­po­lín ha­cia la li­ber­tad más ab­so­lu­ta. Por ello, su per­sis­ten­cia y per­ma­nen­cia de ya ca­si seis dé­ca­das.

Esos días de má­xi­ma adrenalina que­da­ron atrás. Tras unas se­ma­nas en la In­dia, hoy Glo­ria es­tá en una eta­pa de paz y des­ape­go con lo ma­te­rial, ale­ja­da de la idea que se sue­le te­ner del tra­ba­jo, de la ne­ce­si­dad de di­ne­ro que mar­có su tra­yec­to­ria. “Es­toy tra­tan­do de ir­me por un ca­mino más es­pi­ri­tual; se­guir ha­cien­do mi queha­cer, pe­ro con ma­yor tran­qui­li­dad, don­de ya na­da im­por­ta tan­to. Apren­dí a se­pa­rar lo que soy de lo que ha­go, en­ten­dien­do que si no que­do pa­ra un pa­pel no es un re­cha­zo a la per­so­na”, dice la ac­triz.

Sostiene que así vi­ve más tran­qui­la, em­pa­ti­za más con el res­to al no es­tar tan en­si­mis­ma­da. “Con es­ta pos­tu­ra se ga­na bas­tan­te en re­la­cio­nes hu­ma­nas, y si te sien­tes so­la, ¡sa­le de ahí!, pa­ra qué en­ce­rrar­se; hay mu­chas co­sas que ha­cer por lo de­más. Ya de­jas­te de ser la mu­jer o la ma­má de. A es­ta edad, eres una he­ren­cia, que a ve­ces to­man o no, pe­ro no pue­des vi­vir pen­dien­te de eso. Por­que si no te to­man en cuenta, ¡te vas a la cres­ta! Hay que sol­tar. Uno se ha­ce la ne­ce­sa­ria, pe­ro con eso so­lo per­ju­di­cas el desa­rro­llo de los de­más al creer­se im­pres­cin­di­ble”.

“Es­toy tra­tan­do de ir­me por un ca­mino más es­pi­ri­tual; se­guir ha­cien­do mi queha­cer, pe­ro con ma­yor tran­qui­li­dad, don­de ya na­da im­por­ta tan­to. En­ten­dien­do que si no que­do pa­ra un pa­pel no es un re­cha­zo a la per­so­na”.

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