LA MA­DU­REZ DE CE­CI­LIA

Caras (Chile) - - PORTADA -

“Ca­da vez lo pa­so me­jor”, di­ce aho­ra es­ta di­se­ña­do­ra —quien ya pre­pa­ra el lan­za­mien­to de su nue­va co­lec­ción primavera-ve­rano pa­ra Falabella el 15 de no­viem­bre— so­bre su ac­tual es­ta­do en la vi­da. “Hay más equi­li­brio y creo que tie­ne que ver con los años; la ma­du­rez ayu­da tan­to, los años son fan­tás­ti­cos”.

—No, pe­ro tam­po­co es tan es­pan­to­so. Yo nun­ca ima­gi­né lle­gar a los 50 co­mo es­toy aho­ra; ¡me sien­to es­pec­ta­cu­lar! Me di cuen­ta de que en la me­di­da en que uno ha ido vi­vien­do la vi­da con en­tu­sias­mo y ha­cien­do las co­sas con mu­cho amor, cuan­do lle­gas a es­ta edad y mi­ras tu vi­da, en mi ca­so con mis caí­das y acier­tos, me sien­to tan con­ten­ta. En­ton­ces esa sen­sa­ción de ple­ni­tud es más im­por­tan­te que cual­quier otra co­sa. An­ti­gua­men­te, ha­bría es­ta­do ob­se­sio­na­da por­que el pe­lo me que­da­ra per­fec­to pa­ra una se­sión de fo­tos. Hoy no. Solté esa ago­nía de bus­car esa per­fec­ción inal­can­za­ble. Me re­la­jé.

To­ma un po­co de su ca­fé y agre­ga:

—Fí­ja­te que cuan­do sa­lí Miss Uni­ver­so no me sen­tía bue­na­mo­za... ¡Mira lo que te es­toy di­cien­do! Re­cuer­do que me pu­sie­ron la co­ro­na y pen­sé: “Qué tre­men­do, voy a te­ner que cum­plir con la exi­gen­cia de lu­cir per­fec­ta siem­pre, y es­toy muy le­jos de eso... Cuan­do di­gan ‘aho­ra vie­ne la Miss Uni­ver­so’ y apa­rez­ca yo van a co­men­tar ¡qué pe­na!, pe­ro es­to es lo que hay no­más, es­to es lo que soy, lás­ti­ma...”.

—Pe­ro ga­né por un con­jun­to de fac­to­res, en es­pe­cial por mi actitud, por ese de­sen­fa­do de mos­trar­me tal cual soy. Sin em­bar­go, cuan­do des­pués tie­nes que lle­gar a dón­de sea y to­dos te es­tán es­pe­ran­do, te anun­cian por los par­lan­tes y sa­les tú, una co­si­ta amo­ro­sa, ba­ji­ta, sim­pá­ti­ca... Siem­pre tuve esa sen­sa­ción de no es­tar a la al­tu­ra, de no ser lo su­fi­cien­te­men­te be­lla. En­ton­ces cual­quier ga­lar­dón que te pue­das lle­var por cual­quier co­sa fí­si­ca pun­tual, no tie­ne mu­cho sen­ti­do.

—Aho­ra me en­cuen­tro muy bue­na­mo­za, ten­go una ca­ra in­creí­ble... Y cuan­do mi­ro fo­tos mías di­go: ¡por Dios, qué ca­ra más lin­da te­nía!

—Sí, y mu­cho más que an­tes, eso es lo ra­ro. Con los años vie­ne la acep­ta­ción. Si pu­die­ra tras­pa­sar­le al­go a las más jó­ve­nes es eso, que una mu­jer con actitud no ne­ce­si­ta mu­cho más, aun­que por supuesto hay que cui­dar­se, que­rer­se y res­pe­tar­se.

—Es no en­ten­der que lo esencial, que lo más be­llo de una per­so­na no tie­ne que ver con la apa­rien­cia sino con el in­te­rior, con lo que ca­da uno trans­mi­te, con tu se­gu­ri­dad, tu des­plan­te, la ple­ni­tud, es­tar con­ten­ta... Por­que la per­fec­ción no exis­te. Si la bus­cas, no la vas a en­con­trar nun­ca. —Me da pá­ni­co, pe­ro algún día voy a te­ner que con­si­de­rar­lo, se­ria­men­te, ja­ja­já...

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