‘SE­RÍA UN FRA­CA­SO RO­TUN­DO NO ES­TAR EN RU­SIA 2018’

Clau­dio Bravo, capitán de la se­lec­ción

Caras Especiales (Chile) - - CLAUDIO BRAVO - → Por Nel­son Flo­res, des­de Bar­ce­lo­na

ES UNO DE LOS RE­FE­REN­TES DE LA SE­LEC­CIÓN NA­CIO­NAL QUE EN ES­TOS DÍAS DISPU­TA LA CO­PA AMÉ­RI­CA CEN­TE­NA­RIO EN ES­TA­DOS UNI­DOS. AQUÍ SE CON­FIE­SA SO­BRE CÓ­MO HA VI­VI­DO EL AJE­TREA­DO ÚL­TI­MO AÑO Y HA­BLA DE SAM­PAO­LI, DE JA­DUE, DE PIZ­ZI Y DE SU PO­CO CO­NO­CI­DA VI­DA FA­MI­LIAR.

Con la mis­ma se­gu­ri­dad con que sa­le a cor­tar un cen­tro aé­reo, o se arries­ga sin te­mo­res en un mano a mano de­ci­si­vo con­tra el de­lan­te­ro ri­val, así tam­bién se to­ma la vi­da Clau­dio Bravo. Sa­be de an­te­mano que un mí­ni­mo error de cálcu­lo, un pa­so mal da­do, o la lec­tu­ra equi­vo­ca­da de una ju­ga­da, lo ha­ría sal­tar por los aires de la crí­ti­ca con la mis­ma se­cue­la de­mo­le­do­ra de una bom­ba de re­lo­je­ría.

Capitán de la se­lec­ción chi­le­na de fút­bol, el me­jor ar­que­ro de nues­tra his­to­ria, re­fe­ren­te su­da­me­ri­cano del pues­to, ícono pu­bli­ci­ta­rio de va­rias mul­ti­na­cio­na­les de con­su­mo, pi­lar de­fen­si­vo de un cua­dro se­mi-im­ba­ti­ble que ga­na más del 90 por cien­to de sus par­ti­dos. Ido­lo in­ter­na­cio­nal que si­guen ca­da se­ma­na más de 300 mi­llo­nes de te­le­vi­den­tes de to­do el pla­ne­ta fút­bol, mi­llo­na­rio, em­pren­de­dor y por si eso fue­ra po­co, pa­dre a tiem­po com­ple­to de cua­tro hi­jos me­no­res, el ar­que­ro chi­leno es el po­see­dor ex­clu­si­vo de na­da me­nos que la cla­ve se­cre­ta del ce­rro­jo que guar­da la por­te­ría del fa­mo­so Bar­ce­lo­na FC, uno de los me­jo­res equi­pos del mun­do, cu­ya va­lo­ra­ción de mer­ca­do su­pera con cre­ces los dos mil mi­llo­nes de eu­ros. Una le­yen­da del ar­co in­ter­na­cio­nal, una es­tre­lla del fút­bol glo­ba­li­za­do que bri­lla con luz pro­pia en un equi­po pla­ga­do de me­ga­es­tre­llas.

—A pe­sar de tu éxi­to y to­dos tus tí­tu­los, ¿por qué usas una ca­mi­se­ta con el nú­me­ro 13 en la es­pal­da?

—El 13 a mí me si­gue y me ha mar­ca­do du­ran­te to­da mi vi­da. Na­cí un día 13 y la ver­dad es que me gus­tan los desafíos, los re­tos. Soy bien tes­ta­ru­do en ese as­pec­to. Mu­chos ju­ga­do­res no ocu­pan el 13 por­que da ma­la suer­te. Yo no con­vi­vo con ese ti­po de co­sas. —De acuer­do, pe­ro ¿la suer­te exis­te? —Creo que la suer­te uno mis­mo la va for­jan­do. Uno mis­mo se va ha­cien­do el ca­mino. Y a mí me gus­ta un po­co se­guir la con­tra­ria.

—Lo con­tra­rio a la opi­nión de la gen­te, ¿eso quie­res de­cir ?

—A mí me ha­ce bien ser así. Me ha­ce ser una per­so­na di­fe­ren­te al res­to tam­bién y no me en­ca­si­lla en co­sas que al fi­nal no exis­ten.

—Com­par­tes ca­ma­rín con la ge­ne­ra­ción do­ra­da del fút­bol chi­leno, de la que eres re­fe­ren­te, vo­ce­ro y capitán. ¿Có­mo se lo­gra ar­mo­ni­zar y po­ner de acuer­do a tan­tos sú­per egos en un mis­mo pro­yec­to?

—Des­de mi pun­to de vis­ta la ta­rea es fá­cil. Yo por lo me­nos, no soy de per­der el fo­co, ni de des­viar­me con la fa­ma, o con el he­cho de que nos pue­da ir bien. Siem­pre ten­go el afán de co­la­bo­rar y ayu­dar a mis com­pa­ñe­ros. Tie­ne una con­no­ta­ción es­pe­cial ser capitán. Tie­nes que ser una per­so­na me­su­ra­da en tus de­cla­ra­cio­nes. Una per­so­na in­ta­cha­ble fue­ra del ám­bi­to de­por­ti­vo. Creo que a ve­ces no­so­tros mis­mos no nos da­mos cuen­ta de la re­per­cu­sión de ser fut­bo­lis­ta y so­bre to­do en Chi­le. Hay mu­cho ni­ño que te si­gue, que te ob­ser­va, que te imi­ta. Pa­ra lo bueno y tam­bién pa­ra las co­sas ma­las, que es don­de a ve­ces he­mos he­cho no­ti­cia y nos he­mos equi­vo­ca­do. Yo creo que esa es una de mis la­bo­res, al mar­gen de ju­gar bien y de que Chi­le ob­ten­ga co­sas. Creo que a ni­vel per­so­nal no­so­tros de­be­mos de­jar en­se­ñan­zas. El ni­vel del fut­bo­lis­ta tie­ne que su­bir. De­be­mos de­jar en­se­ñan­zas va­ló­ri­cas en los ni­ños y no so­la­men­te a ni­vel de fút­bol.

—¿Qué tan im­por­tan­te fue el DT Jor­ge Sam­pao­li pa­ra la unión y cohe­sión de es­te gru­po tan exi­to­so?

—Creo que sin el téc­ni­co no hu­bié­se­mos lle­ga­do a nin­gún la­do. Y él sin es­tos ju­ga­do­res, tam­po­co. Hu­bo una cohe­sión im­por­tan­te con su tra­ba­jo. No­so­tros lo en­ten­di­mos muy bien. Creo que sen­ti­mos que esa era la ma­ne­ra de tra­ba­jar pa­ra ga­nar al­go. En la Co­pa Mun­dial de Bra­sil lo te­nía­mos sú­per cla­ro, a pe­sar de que nues­tras ex­pec­ta­ti­vas eran más al­tas de lo que lo­gra­mos, fue el lla­ma­do de aten­ción en el sen­ti­do de des­per­tar esa ham­bre y de­cir, ¡mier­da!, te­ne­mos la Co­pa Amé­ri­ca al al­can­ce de la mano. Te­ne­mos tra­ba­jo, ex­pe­rien­cia, es­ta­mos en los me­jo­res equi­pos del mun­do ju­gan­do a un ni­vel que no es nor­mal en nues­tra his­to­ria. Cuan­do se jun­tan esas co­sas, cla­ro que se pue­den ob­te­ner re­sul­ta­dos.

—¿Es­tás cons­cien­te de que us­te­des cam­bia­ron un pa­ra­dig­ma de nues­tra idio­sin­cra­sia, tan de­rro­tis­ta, que in­clu­so tras­cien­de al fút­bol mis­mo?

— Sí, cla­ro. No­so­tros cam­bia­mos esa men­ta­li­dad de mi­rar las co­sas. He­mos si­do bien im­por­tan­tes en ese cam­bio y es­pe­ra­mos que las fu­tu­ras ge­ne­ra­cio­nes así tam­bién lo ha­yan re­ci­bi­do.

—¿Cuán­to les in­flu­yó a us­te­des la par­ti­da de Sam­pao­li de la se­lec­ción?

—Fue com­ple­jo. Tu­vi­mos que ha­cer bo­rrón y cuen­ta nue­va. Se iba el téc­ni­co con quien ha­bía­mos es­ta­do en un mun­dial, en una cla­si­fi­ca­to­ria, con el que ha­bía­mos ga­na­do la Co­pa Amé­ri­ca. Que­da­mos en el ai­re, pe­ro vie­ne Juan An­to­nio (Piz­zi) y tie­ne prác­ti­ca­men­te cua­tro días de tra­ba­jo y dos par­ti­dos cla­si­fi­ca­to­rios en­ci­ma. No ha­bía tiem­po pa­ra la­men­tar­se. Ha­bía que tra­ba­jar lo me­jor po­si­ble, or­de­nar nues­tras fun­cio­nes. Ca­da uno de los ju­ga­do­res sa­bía lo que te­nía que ha­cer y así lo hi­ci­mos en es­te pe­rio­do.

—Y con el nue­vo en­tre­na­dor, Juan An­to­nio Piz­zi, lo­gran una sin­to­nía in­me­dia­ta. ¿Es tan así co­mo pa­re­ce?

—Sí, ló­gi­co, pe­ro es tam­bién un te­ma de tiem­po. Los ju­ga­do­res y el cuer­po téc­ni­co sa­be­mos que tiem­po no exis­te cuan­do tie­nes ape­nas dos días pa­ra pre­pa­rar un par­ti­do vi­tal de cla­si­fi­ca­to­rias. Mu­chas ve­ces los par­ti­dos se re­suel­ven en ba­se al en­ten­di­mien­to, los vi­deos, en ba­se a apro­ve­char el po­co tiem­po que te­ne­mos jun­tos pa­ra tra­ba­jar or­de­na­da­men­te y a una in­ten­si­dad di­fe­ren­te. Pien­so que la ma­du­rez del equi­po es la que al fi­nal lo­gra que los ob­je­ti­vos se cum­plan. Creo que si no­so­tros ba­ja­mos el lis­tón, si se­gui­mos so­lo pen­san­do en que ga­na­mos la Co­pa Amé­ri­ca, las co­sas no van a fun­cio­nar

—La pren­sa de­por­ti­va in­ter­na­cio­nal te de­fi­ne co­mo un ar­que­ro so­brio, cal­ma­do y que ge­ne­ra con­fian­za. ¿Qué te po­ne ner­vio­so, en ver­dad?

—Mu­chas co­sas, pe­ro no son las co­sas que vi­vo en el fút­bol. Ten­go cua­tro ni­ños en ca­sa y una mu­jer que me es­pe­ran to­dos los días. Cuan­do es­tás a 13 mil ki­ló­me­tros de dis­tan­cia y tie­nes una lla­ma­da de Es­pa­ña y te di­cen que el ni­ño se ca­yó en el co­le­gio, esas co­sas te in­quie­tan y te po­nen ner­vio­so por­que quie­res es­tar pre­sen­te y no pue­des ha­cer­lo. El fút­bol pa­ra mí es una di­ver­sión, un sue­ño he­cho reali­dad. Me to­mo con mu­cha cal­ma to­do lo que ten­go que ha­cer en el cam­po.

—Lle­vas una dé­ca­da en Eu­ro­pa y aho­ra vi­ves en Bar­ce­lo­na, una ciu­dad es­pe­cial e in­de­pen­den­tis­ta den­tro de Es­pa­ña. Si es­tu­vie­se a tu al­can­ce, ¿qué com­por­ta­mien­to so­cial, ac­ti­tu­des y mo­de­los te gus­ta­ría re­pli­car en Chi­le de es­ta so­cie­dad?

—Lo con­ver­sa­mos siem­pre en ca­sa. A mí me ha to­ca­do la for­tu­na de es­tar con mi fa­mi­lia en San Se­bas­tián. Co­no­cer la cul­tu­ra vas­ca, pa­sar mu­cho tiem­po allí. Aquí me pa­sa al­go pa­re­ci­do. El res­pe­to que tie­ne la gen­te en las ca­lles con uno. El he­cho de que la gen­te te vea con tu fa­mi­lia y no sea in­va­si­va en esos pun­tos que uno tie­ne pa­ra dis­fru­tar en la me­sa con sus hi­jos, en un par­que ju­gan­do con ellos, o cuan­do vas a un ci­ne. Son muy res­pe­tuo­sos en ese as­pec­to. En Chi­le eso no ocu­rre. Si bien es cier­to la gen­te me tie­ne mu­cho afec­to, siem­pre tra­tan de acer­car­se,

“ME PO­NE FE­LIZ QUE A MIS HI­JOS LES VA­YA BIEN EN EL CO­LE­GIO, TE­NER­LOS SA­NOS EN CA­SA. NO TEN­GO IN­CON­VE­NIEN­TES DE NIN­GÚN TI­PO. VI­VO EN UNA CIU­DAD QUE ME HA RE­CI­BI­DO A LAS MIL MA­RA­VI­LLAS”, CON­FIE­SA BRAVO.

pe­ro hay un mo­men­to que ya se pa­san de la lí­nea. Son mu­chas fo­tos, mu­chos au­tó­gra­fos. Se ha­ce di­fí­cil, no exis­te ese en­ten­di­mien­to, o el res­pe­to que al fi­nal uno es una per­so­na co­mún y co­rrien­te. Es lo que me cues­ta asi­mi­lar mu­chas ve­ces.

—El fút­bol te ha da­do fa­ma, di­ne­ro, re­co­no­ci­mien­to so­cial y una gran pro­yec­ción en tu vi­da pri­va­da y fa­mi­liar. ¿Qué te ha qui­ta­do el fút­bol?

—Si lo pon­go en una ba­lan­za, el fút­bol me ha da­do mu­chas co­sas co­mo tú di­ces, pe­ro no he po­di­do dis­fru­tar de mi fa­mi­lia. Me he per­di­do in­nu­me­ra­bles co­sas, ya sea con mis pa­dres, mis her­ma­nos. Em­pe­cé a los diez años ha­cien­do lo que ha­go y es du­ro cuan­do te sa­cri­fi­cas tan­to. Hay que cui­dar­se mu­cho pa­ra con­se­guir lo que he con­se­gui­do. Es un po­co lo que quie­ro re­cu­pe­rar, pe­ro la ver­dad es que es muy com­ple­jo.

—¿Es­tá en tus pla­nes vol­ver a Chi­le al­gún día?

—Sí, mi in­ten­ción es vol­ver y dis­fru­tar de mi fa­mi­lia, de mis ami­gos. Tra­tar de de­vol­ver­les co­sas a los más pe­que­ños y pa­sa por eso tam­bién, no ne­ce­sa­ria­men­te por el bie­nes­tar mío, sino por tra­tar de in­cul­car­les a los más pe­que­ñi­tos to­do lo que yo he apren­di­do es­tos años afue­ra.

—El na­ci­mien­to de tu úl­ti­ma hi­ja te en­con­tró arri­ba de un avión que vo­la­ba so­bre el Atlán­ti­co. En Chi­le cri­ti­ca­ron que apu­ras­te tu sa­li­da del país pa­ra lle­gar lo más pron­to po­si­ble a Bar­ce­lo­na. ¿Va­lió la pe­na ha­ber via­ja­do lue­go de re­ci­bir esos cues­tio­na­mien­tos?

—Siem­pre va­le la pe­na ir a ju­gar por Chi­le. Don­de jue­gue la se­lec­ción yo voy a que­rer es­tar, pe­ro a ve­ces hay crí­ti­cas in­jus­tas que se ha­cen sin sa­ber lo que no­so­tros ha­ce­mos y de­ja­mos atrás por ir a ju­gar a la se­lec­ción. Mi mu­jer es­ta­ba te­nien­do la ni­ña acá y son co­sas que uno no se quie­re per­der, pe­ro la ley de la vi­da mu­chas ve­ces es así. Por lo me­nos, me que­do con la tran­qui­li­dad que ca­da vez que lo ha­go, lo ha­go con el co­ra­zón. Creo que so­mos una for­ma de trans­mi­tir ale­gría, de que la gen­te se ol­vi­de de sus pro­ble­mas. Lo sen­ti­mos muy fuer­te cuan­do pa­só el te­rre­mo­to. Con la Co­pa Amé­ri­ca pu­di­mos en­tre­gar al­go pa­ra que la gen­te se ol­vi­da­ra. Fue un mo­men­to muy bo­ni­to ver có­mo fes­te­ja­ban, se li­be­ra­ban y de­ja­ban atrás sus pro­ble­mas, aun­que sea por un par de ho­ras. So­lo el fut­bol es ca­paz de trans­mi­tir esas co­sas.

—El te­ma de Ja­due y su sa­li­da del país pa­re­ce bas­tan­te su­rrea­lis­ta. ¿Sos­pe­cha­bas al­go, o te en­te­ras­te co­mo to­do el mun­do en Chi­le?

—Bueno, creo que con la mis­ma sor­pre­sa e in­cre­du­li­dad nos en­te­ra­mos to­dos. Nun­ca vi­mos epi­so­dios ra­ros o co­sas ex­tra­ñas que te hi­cie­ran du­dar, o pen­sar que al­go tan gran­de po­día pa­sar, in­clu­so los pe­rio­dis­tas de­por­ti­vos ha­bían pre­mia­do a Ja­due co­mo el me­jor di­rec­ti­vo del año. Ima­gí­na­te, si ellos que son los que siem­pre es­tán in­ves­ti­gan­do y tie­nen las fuen­tes ne­ce­sa­rias pa­ra sa­ber qué es lo que pa­sa­ba. Ima­gí­na­te no­so­tros que es­ta­mos en una in­ter­na y no ve­mos na­da ex­tra­ño y no te­nía­mos sos­pe­chas de nin­gún ti­po. Nos pi­lló a to­dos he­la­dos.

—Has si­do crí­ti­co con la si­tua­ción de se­gu­ri­dad que hay ac­tual­men­te en Chi­le. A tu jui­cio, ¿es un te­ma de Es­ta­do, del ac­tual go­bierno o de quién?

—Hay ve­ces que te muer­des la len­gua y lo­gras ca­llar­te ca­da vez que vas a Chi­le. Creo que es un pro­ble­ma gran­de, pe­ro no so­lo a ni­vel de de­lin­cuen­cia, sino que es un pro­ble­ma a ni­vel de edu­ca­ción, ahí es don­de es­ta­mos fa­llan­do y al fi­nal es­ta bo­li­ta de nie­ve se va agran­dan­do y se con­vier­te en un te­ma país. No so­la­men­te el te­ma po­lí­ti­co pue­de cam­biar es­to. Te­ne­mos la la­bor de me­jo­rar a ca­da per­so­na que ten­ga­mos cer­ca. Es un to­do. Lo que se trans­mi­te a ni­vel de te­le­vi­sión, lo que se trans­mi­te prin­ci­pal­men­te en nues­tros ho­ga­res, por­que es ahí don­de apren­de­mos a ser per­so­nas, no en la ca­lle. An­tes se apren­día en los co­le­gios, hoy no tan­to. La la­bor de ser per­so­na co­mien­za en nues­tros ho­ga­res. Esa es una ta­rea pen­dien­te.

—El ha­la­go es­ti­mu­lan­te o la crí­ti­ca muy du­ra son muy co­mu­nes en un pues­to tan de­ci­si­vo co­mo el tu­yo. ¿Có­mo ma­ne­jas esas emo­cio­nes di­sí­mi­les en­tre par­ti­do y par­ti­do? ¿Cuán­to te afec­tan?

—Yo no me que­do con el ha­la­go. Me que­do con la crí­ti­ca o el co­men­ta­rio que te

BRAVO CREE QUE MAN­TE­NIEN­DO EL NI­VEL QUE MOS­TRÓ CHI­LE EN LA ÚL­TI­MA CO­PA DEL MUN­DO Y EN LA CO­PA AMÉ­RI­CA DE­BE­RÍA CLA­SI­FI­CAR A RU­SIA 2018.

ayu­da a cre­cer y me­jo­rar. Sien­to que el elo­gio te de­bi­li­ta en par­te. No me que­do con eso, to­do lo con­tra­rio. Si me to­ca un mal par­ti­do, al día si­guien­te tra­to de en­tre­nar mu­cho me­jor, ver por qué me equi­vo­qué, por qué pa­sa­ron las co­sas. Siem­pre he fun­cio­na­do de la mis­ma ma­ne­ra y no por­que al­guien me cri­ti­que me voy a ve­nir aba­jo, o mi dis­po­si­ción va a cam­biar. A mí se me han cru­za­do mu­chos que me tra­ta­ron de ha­cer im­po­si­ble la vi­da pa­ra tra­tar de que no lle­ga­ra don­de he lle­ga­do. Pe­ro les agra­dez­co por­que me han de­ja­do mu­cho más cla­ro qué ru­tas to­mar, dón­de de­bo pi­sar, có­mo ten­go que ser co­mo per­so­na, dón­de ten­go que po­ner el de­do pa­ra sa­ber qué bo­tón apre­tar.

—Si la fe­li­ci­dad se pu­die­se ca­li­fi­car. De 1 a 10, ¿qué no­ta te pon­drías en es­ta eta­pa de tu vi­da?

—Creo que un 10. No ne­ce­sa­ria­men­te en el fút­bol. La fe­li­ci­dad pa­sa por más co­sas. Mu­chas ve­ces me pre­gun­tan si soy fe­liz ob­te­nien­do más tí­tu­los. Lo soy por­que tra­ba­jo pa­ra eso, pa­ra que las co­sas re­sul­ten, pa­ra ser lo me­jor po­si­ble, pe­ro fue­ra de eso tam­bién hay otra his­to­ria fa­mi­liar. Me po­ne fe­liz que a mis hi­jos les va­ya bien en el co­le­gio, te­ner­los sa­nos en ca­sa. No ten­go in­con­ve­nien­tes de nin­gún ti­po. Vi­vo en una ciu­dad que me ha re­ci­bi­do a las mil ma­ra­vi­llas. Yo en­tro aquí a las ins­ta­la­cio­nes de es­te club y soy fe­liz. Lle­go a mi ca­sa y soy fe­liz. Y eso a mí me ge­ne­ra tran­qui­li­dad. Que mi en­torno sea fe­liz, eso pa­ra mí es im­pa­ga­ble.

—¿Ves a Chi­le ju­gan­do en el Mun­dial de Ru­sia 2018? ¿O to­da­vía es muy tem­prano pa­ra ser tan op­ti­mis­ta?

—Es tem­prano, pe­ro siem­pre es­tá el ob­je­ti­vo en men­te, so­bre to­do con­si­de­ran­do la ge­ne­ra­ción de ju­ga­do­res que te­ne­mos. Se­ría un fra­ca­so ro­tun­do no lle­gar al pró­xi­mo mun­dial, pe­ro pa­ra ello de­be­mos se­guir me­jo­ran­do, man­te­ner el ni­vel que tu­vi­mos en la co­pa mun­dial de Bra­sil, en la Co­pa Amé­ri­ca. Creo que ese es el ca­mino pa­ra lle­gar.

“Creo que sin el téc­ni­co (Sam­pao­li) no hu­bié­se­mos lle­ga­do a nin­gún la­do. Y él sin es­tos ju­ga­do­res, tam­po­co”, di­ce Bravo.

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