Bye, bye, ALI

Caras Especiales (Chile) - - RESPUESTAS - → Por Marcelo Si­mo­net­ti

Los que fui­mos ni­ños en los 70 —in­clu­so an­tes— tu­vi­mos un ído­lo al que se­guía­mos en la te­le­vi­sión, siem­pre con el asom­bro por de­lan­te. A pe­sar de la in­ter­mi­ten­cia con la que nos lle­ga­ban sus imá­ge­nes, no po­día­mos sus­traer­nos a su es­tam­pa y es­ti­lo tan par­ti­cu­lar. Me atre­ve­ría a de­cir que ca­da uno de no­so­tros tie­ne un com­ba­te fa­vo­ri­to de Ali. Al­gu­nos no po­de­mos ol­vi­dar esa in­creí­ble lec­ción de bo­xeo en Kin­sa­sa con­tra Geor­ge Fo­re­man —co­rría 1974, Ali te­nía 32 años, Fo­re­man 25—. To­da­vía lo pue­do ver re­cos­ta­do so­bre las cuer­das so­por­tan­do la llu­via de gol­pes que esa má­qui­na de bo­xear —que era Fo­re­man— le pro­pi­na­ba; así has­ta que al oc­ta­vo asal­to, Ali sa­lió de las cuer­das pa­ra ata­car y li­qui­dar la pe­lea. Otros re­cor­da­rán con lu­ci­dez el se­gun­do com­ba­te con Joe Fra­zier, que fi­na­li­zó con el triun­fo de Ali tras 14 rounds y con am­bos bo­xea­do­res en el hos­pi­tal. O la vez en que per­dió por de­ci­sión di­vi­di­da fren­te a Ken Nor­ton, lue­go de pe­lear des­de el se­gun­do asal­to —de un to­tal de 12— con la man­dí­bu­la frac­tu­ra­da. O el día que le arre­ba­tó la co­ro­na a Sonny Lis­ton. Es muy pro­ba­ble que no nos pon­ga­mos de acuer­do res­pec­to de cuál fue la me­jor no­che de quien al­gu­na vez fue­ra Cas­sius Clay.

En lo que no hay dos opi­nio­nes es en el apor­te que Ali sig­ni­fi­có en la lu­cha por los de­re­chos ci­vi­les de la po­bla­ción ne­gra en Es­ta­dos Uni­dos y en la re­sis­ten­cia a una gue­rra ab­sur­da co­mo fue la de Viet­nam. Lo di­jo el pro­pio pre­si­den­te Ba­rak Oba­ma en la car­ta que es­cri­bió pa­ra ren­dir tri­bu­to al ído­lo muer­to la no­che del 3 de ju­nio, a con­se­cuen­cia de una in­fec­ción res­pi­ra­to­ria. “Muham­mad Ali sa­cu­dió al mun­do. Y el mun­do es me­jor por ello. To­dos so­mos me­jo­res por eso˝.

En días en que la ma­yo­ría de los de­por­tis­tas vi­ven más preo­cu­pa­dos de la dan­za de mi­llo­nes y los con­tra­tos pu­bli­ci­ta­rios, el re­cuer­do de Muham­mad Ali y su com­pro­mi­so con di­fe­ren­tes cau­sas bri­lla­rán co­mo una lla­ma in­com­bus­ti­ble en mi­tad del océano.

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