Amar la ver­dad en po­lí­ti­ca

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En la vi­da or­di­na­ria exis­te una in­fi­ni­dad de asun­tos y acon­te­ci­mien­tos so­bre los cua­les no hay una ver­dad ab­so­lu­ta, na­die pue­de atri­buir­se te­ner­la en su to­ta­li­dad. Si por la fe sa­be­mos que no hay más que una ver­dad en lo re­fe­ren­te a Dios, y por ello mis­mo a lo más pro­fun­do de la per­so­na hu­ma­na, tam­bién es cier­to que en la vi­da or­di­na­ria exis­te una in­fi­ni­dad de asun­tos y acon­te­ci­mien­tos so­bre los cua­les no hay una ver­dad ab­so­lu­ta, na­die pue­de atri­buir­se te­ner­la en su to­ta­li­dad. Mu­chí­si­mos asun­tos son opi­na­bles y, en ellos, le­gí­ti­mas las dis­cre­pan­cias. Un cam­po don­de la li­ber­tad de cri­te­rio es muy cla­ra, es en el de la po­lí­ti­ca. Los cris­tia­nos po­de­mos te­ner ideas po­lí­ti­cas di­ver­sas o apo­yar unas u otras op­cio­nes con to­da li­ber­tad, sin más lí­mi­tes que aque­llas ideo­lo­gías que vio­lan la ley na­tu­ral y, con ello, la dig­ni­dad de la per­so­na. Aten­ta­men­te

Car­los Díaz Pa­che­co

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