ÍCONO

Harper's Bazaar (Chile) - - Destacados -

Fran­ces­ca Am­fit­hea­trof,

di­rec­to­ra de di­se­ño de Tif­fany & Co. nos cuen­ta so­bre sus jo­yas fa­vo­ri­tas.

Has si­do di­rec­to­ra de di­se­ño de Tif­fany por más de dos años. ¿Qué sien­tes al ser la pri­me­ra mu­jer en ocu­par es­te car­go tan im­por­tan­te?

Cuan­do me ofre­cie­ron el pues­to no sa­bía que se­ría la pri­me­ra mu­jer. Siem­pre pen­sé en Elsa Pe­ret­ti y otras di­se­ña­do­ras in­creí­bles que han re­vo­lu­cio­na­do la in­dus­tria de la jo­ye­ría, pe­ro sien­to que qui­zás tie­ne que ver con el mo­men­to que es­ta­mos vi­vien­do. A la mu­jer de hoy le gus­ta com­prar sus pro­pias jo­yas y se sien­te mu­cho más se­gu­ra de sí mis­ma cuan­do las usa. Es­ta­mos com­pro­me­ti­das con nues­tra pro­pia li­ber­tad. Por eso creo que el he­cho de que una mu­jer sea la di­rec­to­ra de di­se­ño tie­ne mu­cho sen­ti­do. Y ob­via­men­te, es­toy muy or­gu­llo­sa de ser la pri­me­ra di­rec­to­ra de di­se­ño de la com­pa­ñía.

¿Cuá­les son tus jo­yas pa­ra to­dos los días?

Me pon­go mi ani­llo de ma­tri­mo­nio que está he­cho de pla­tino y tam­bién el de mi abue­la que es de oro ama­ri­llo. Ade­más uso otro de Tif­fany&Co. de dia­man­tes cua­dra­dos que sue­lo al­ter­nar en­tre el de­do ín­di­ce y el anu­lar, to­do de­pen­de de lo que es­té usan­do. Siem­pre uso mi re­loj East West, pe­ro to­do el res­to pue­de cam­biar. Me en­can­ta mez­clar di­fe­ren­tes co­lo­res y tex­tu­ras co­mo, por ejem­plo, com­bi­nar ge­mas bri­llan­tes con opa­cas. Por otro la­do, siem­pre he ama­do los dia­man­tes, aun­que los uso so­lo en oca­sio­nes es­pe­cia­les. Si alguien me pre­gun­ta por dia­man­tes mi res­pues­ta se­rá “sí”.

¿En qué ti­po de jo­ya una mu­jer de­be­ría in­ver­tir de­fi­ni­ti­va­men­te?

En el dia­man­te más gran­de que se pue­da sos­te­ner en las ma­nos. Si esa no es una op­ción, en­ton­ces di­ría el bra­za­le­te Tif­fany T.

¿Cuál es la jo­ya que nun­ca pa­sa de mo­da?

El mis­mo Tif­fany T.

La te­má­ti­ca de la co­lec­ción Blue Book fue la trans­for­ma­ción. ¿Có­mo lle­gas­te a ese con­cep­to?

La idea es que ca­da año po­da­mos trans­por­tar a nues­tros clien­tes a un sue­ño a tra­vés de la na­tu­ra­le­za. El primer te­ma que pro­pu­se pa­ra Blue Book fue el mar, y la co­lec­ción es un cla­ro mo­vi­mien­to des­de lo pro­fun­do del océano has­ta la su­per­fi­cie don­de to­do se vuel­ve muy cal­mo. Ahí las cria­tu­ras se trans­for­man en ellas mis­mas pa­ra to­mar su pri­me­ra bo­ca­na­da de ai­re. La es­té­ti­ca es muy si­mi­lar a la co­lec­ción pa­sa­da, don­de el di­se­ño tu­vo mu­cha fuer­za y po­der. Ade­más, en esa opor­tu­ni­dad in­cluí un nue­vo sen­ti­do de flui­dez y sua­vi­dad en las pie­zas.

¿Tie­nes al­gu­na fa­vo­ri­ta?

¡Es tan di­fí­cil es­co­ger! Pe­ro hay un co­llar que imi­ta ese mo­men­to cuan­do la ola se quie­bra en la ori­lla de la pla­ya, y cuan­do ter­mi­na se en­cuen­tra con un gran dia­man­te.

¿Cuál es el úl­ti­mo li­bro que leís­te y que aún no pue­des sa­car­te de la ca­be­za?

Nir­va­na, de Adam John­son. ¡Es una his­to­ria ex­tra­or­di­na­ria! Real­men­te lo re­co­mien­do. Son ape­nas 35 pá­gi­nas que se leen en 15 mi­nu­tos.

¿Hay al­go tu­yo que ja­más re­ga­la­rías?

Una pin­tu­ra de Gio Pon­ti que per­te­ne­ció a mi abue­la pa­ter­na, May Am­fit­hea­trof.

¿Cuál es tu ma­yor pla­cer?

El acei­te de tru­fa, es­pe­cial­men­te el Fon­do di Al­ba.

¿Qué hay siem­pre en tu re­fri­ge­ra­dor?

Li­mo­nes.

¿Qué es lo pri­me­ro que ves en las ma­ña­nas?

Mi Jack Rus­sel, mi ma­ri­do y a mis hi­jos. Y lo úl­ti­mo es mi co­rreo elec­tró­ni­co.

¿Qué crees que la gen­te ja­más se ima­gi­na­ría de ti?

Qui­zás por­que soy po­si­ti­va y en­tu­sias­ta, pien­so que no se ima­gi­nan que tam­bién soy ex­tre­ma­da­men­te sen­si­ble. Por ejem­plo, cuan­do veo a per­so­nas abra­zán­do­se en un ae­ro­puer­to me dan ga­nas de llo­rar, o cuan­do veo a mis hi­jos ju­gan­do en el co­le­gio, tam­bién

llo­ro. Siem­pre lo ha­go en los mo­men­tos más ra­ros.

¿Llo­ras­te cuan­do te lla­ma­ron de Tif­fany?

No. Esos mo­men­tos no me dan ga­nas de llo­rar. Pe­ro sí lo ha­go cuan­do en una reunión me mues­tran una pu­bli­ci­dad que lo­gra to­car­me el co­ra­zón.

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