CHAN­DÍA

LOS TIE­NE DE­RE­CHI­TOS A PU­RA TI­JE­RA

La Cuarta - Aniversario - - Cro­no­lo­gía Del Año -

Des­de que le pi­có el bi­chi­to de la bar­be­ría, Fran­cis­co Chan­día Brio­nes se hi­zo co­no­ci­do en tres tiem­pos en La Pin­co­ya, don­de pu­so su pri­mer lo­cal, con el que in­fla el “cho­pe” de pu­ro or­gu­llo por cor­tar­le el pe­lo con “es­táil” a to­da su co­mu­ni­dad. Cla­ro que ese es­tá le­jos de ser el fon­do de sus in­ten­cio­nes: tie­ne una his­to­ria de sa­cri­fi­cio y ayu­da a su gen­te, esa que tan­ta fe po­ne en sus ma­nos de ti­je­ra.

Cuan­do to­do par­tió en el mun­do de las na­va­jas, ha­ce ya sie­te años, Chan­día -co­mo es más co­no­ci­do es­te “Ro­bin Hood” de los cor­tes a la mo­da- tu­vo la ge­nial idea de apro­ve­char sus do­tes pa­ra que los chi­co­cos de ba­jos re­cur­sos an­du­vie­ran con los úl­ti­mos mo­de­li­tos en sus ma­tes.

“En mi co­mu­na no siem­pre hay re­cur­sos pa­ra que los ni­ños se pu­die­ran cor­tar el pe­lo, y por lo mis­mo es que yo los in­vi­ta­ba a que pa­sa­ran y se hi­cie­ran el cor­te que qui­sie­ran una vez al mes, y la tra­di­ción si­gue has­ta aho­ra”, lar­ga so­bre es­ta bue­na on­da bien fas­hio­nis­ta.

- ¿Y nun­ca les has pe­di­do al­go a cam­bio de de­jar­los co­mo cracks?

- En­tre las co­sas que siem­pre les he pe­di­do a los chi­qui­llos es que sean res­pe­tuo­sos des­de el mo­men­to en que en­tran a la tien­da, que si vie­nen con sus pa­pás, no les ha­blen mal. Tie­nen prohi­bi­do de­cir ga­ra­ba­tos aquí aden­tro. - ¿Ha­cen ca­so?

- Ha­cen ca­so, por­que sa­ben que ellos no­más pier­den si se por­tan mal. In­clu­so, hay al­gu­nos a los que hay que pe­dir­les las no­tas, por­que es una es­pe­cie de pre­mio. Si sus pa­pis me di­cen que se han por­ta­do mal, no hay cor­te de pe­lo. Cor­ta.

- ¿Qué es­ti­los son los que te pi­den más los ca­bros?

- Por lo ge­ne­ral, los de los fut­bo­lis­tas. Ar­tu­ro Vidal y Ale­xis Sán­chez son los que más sa­len, y al­gu­nos de ju­ga­do­res ex­tran­je­ros.

- Den­tro de es­ta cru­za­da por ayu­dar a los pe­ques, ¿qué más le po­ne pa­ra ayu­dar a sa­car­los ade­lan­te?

- En­tre lo que ha­go, tam­bién es­tá mi mú­si­ca. Yo can­to reg­gae­tón, pe­ro sin do­ble sen­ti­do, no soy del la­do os­cu­ro de la fuer­za.

- ¿Qué sen­ti­do le po­nes a tu mú­si­ca?

- Le can­to al amor, a no mal­tra­tar a las mu­je­res. El amor que exis­te en­tre los ni­ños, y de esa for­ma es co­mo tam­bién les in­ten­to in­cul­car que no cai­gan en las dro­gas y que no an­den me­ti­dos en co­sas ma­las que es­tán en su am­bien­te.

- ¿Sien­tes que tus pa­res va­lo­ran tu la­bor?

- Yo me sien­to re­con­for­ta­do con lo que ha­go, y sien­to que las per­so­nas que vie­nen a cor­tar­se el pe­lo a mis dos tien­das, por­que aho­ra, por suer­te, ten­go otra en el Me­tro Za­pa­do­res, lo ha­cen en par­te co­mo una for­ma de dar las gra­cias. Uno no bus­ca que le re­tri­bu­yan, pe­ro creo ser muy que­ri­do.

- ¿Con la mú­si­ca sien­tes que has lo­gra­do cam­biar al­go?

- Sí, por­que los ca­bros chi­cos an­dan a la si­ga mu­chas ve­ces de uno, les gus­ta ir a la tien­da, qui­zás no só­lo por cor­tar­se el pe­lo, tal vez por­que la pa­san bien. Y tam­bién es­tá el que cuan­do me ne­ce­si­tan pa­ra ir a ha­cer al­gún ac­to a be­ne­fi­cio, ya sea pa­ra una se­ño­ra que tie­ne cán­cer o pa­sar un buen ra­to con los ni­ños con sín­dro­me de Down, uno lo ha­ce con to­das las ga­nas.

“Yo can­to reg­gae­tón, pe­ro

sin do­ble sen­ti­do, no soy del

la­do os­cu­ro de la fuer­za’’.

“En mi co­mu­na no siem­pre

hay re­cur­sos pa­ra que los

ni­ños se pu­die­ran cor­tar el

pe­lo, y por lo mis­mo es que

yo los in­vi­ta­ba a que pa­sa­ran

y se hi­cie­ran el cor­te que

qui­sie­ran’’.

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