LUCHITO

GO­ZA CON ONDERA PE­GA DE ENLAZAR A TA­RA­PA­CÁ

La Cuarta - Aniversario - - Cronología Del Año -

Has­ta hoy man­ten­go re­la­cio­nes que per­du­ran en el tiem­po, sin si­quie­ra ha­ber­nos vis­to al me­nos una vez en la vi­da”, sal­pi­ca Luis Arís­ti­des He­rre­ra Aros, vie­jo lo­bo de mar de las te­le­co­mu­ni­ca­cio­nes, que ha­ce po­qui­to cum­plió 43 años co­mo ope­ra­dor de ra­dio­di­fu­sión de los mu­ni­ci­pios ru­ra­les de la Re­gión de Ta­ra­pa­cá.

To­do un ído­lo al ser­vi­cio de una co­mu­ni­dad que vi­ve en el al­ti­plano chi­leno y en las cho­rro­cien­tas que­bra­das de va­lles y bi­fur­ca­cio­nes pro­du­ci­das por ríos o las mis­mas ven- to­le­ras; com­pa­trio­tas que po­co a po­co han de­ja­do de su­frir con el do­ble cen­tra­lis­mo: el del cen­tro a los po­tre­ros de las es­qui­nas y el de mar a cor­di­lle­ra.

- ¿Ami­gos a pu­ra vi­bra­ción?

- Al­go así. Es que ha­bla­mos ca­si to­dos los días, pe­ro no nos co­no­ce­mos, lo que no in­ci­de pa­ra tra­tar­nos con to­do el afec­to del mun­do. Aho­ra, así co­mo nun­ca los he vis­to, te di­go que tam­po­co co­noz­co los pue­blos co­mo Col­cha­ne o Ca­ri­qui­ma, con los que de­bu­té con es­to de los en­la­ces.

- ¿Esa on­da?

- Cla­ro, a los pue­blos, no, pe­ro a la gen­te sí; a los pa­ra­mé­di­cos de las pos­tas, a los pro­fe­so­res de Is­lu­ga, al ope­ra­dor de Cu­tis­ma­lla, gen­te de Mi­ñi Mi­ñe y a to­dos quie­nes res­pon­den los ca­si 85 equi­pos que con­for­man la red de los cin­co mu­ni­ci­pios ru­ra­les. Así co­mo hay gen­te que no me co­no­ce y me tra­ta bien.

- ¡La me­dia ima­gi­na­ción que se de­be gas­tar, oi­ga!

- Sí, pues. De he­cho, les pon­go ca­ras que sa­co por las vo­ces y tan mal no me ha ido, ya que des­pués de mu­cho tiem­po me han ve­ni­do a ver ni­ños con quie­nes con­ver­sé cuan­do es­ta­ban en el co­le­gio y aho­ra son pro­fe­sio­na­les en mi­ne­ría o en otros cam­pos. To­dos agra­de­cen mu­cho.

- Us­ted se en­te­ra de to­do…

- Cla­ro, mi ser­vi­cio va des­de co­la­bo­rar al pri­mer mi­nu­to en el que trans­cu­rre un he­cho ca­tas­tró­fi­co, co­mo ac­ci­den­tes o las ba­ja­das alu­vio­na­les, que sue­len cor­tar los ca­mi­nos y de­jar­los inun­da­dos, has­ta ges­tio­nar otras pe­ti­cio­nes de có­mo es­tán al­gu­nos fa­mi­lia­res en el hos­pi­tal. To­do, coor­di­na­do con los mu­ni­ci­pios y One­mi.

- ¿Y al­gu­na pe­ti­ción lo­qui­lla?

- Sí. En es­tos en­la­ces de ayu­da me han to­ca­do si­tua­cio­nes más jo­co­sas, tam­bién, co­mo con­sul­tar el pre­cio de los ce­bo­lli­nes pa­ra sa­ber si hay stock y ver có­mo car­gar el ca­mión: si más car­ga­dos con ce­bo­llín o con cho­clos. Ah, y más de una vez me han en­car­ga­do a al­gu­nos que han es­ta­do en­fies­ta­dos. O sea, tra­ge­dias y co­sas gra­tas. - ¿Le gus­ta lo que ha­ce?

- Cla­ro, los me­jo­res en­la­ces que he te­ni­do son sir­vien­do a la co­mu­ni­dad. Quie­ro mu­cho lo que ha­go. Me gus­ta, pa­ra qué le voy a men­tir, y es co­sa de ver­me, si ten­go lar ra­dios y las co­ne­xio­nes al la­do de mi ca­ma, co­sa de no fa­llar nun­ca. De he­cho, me pue­den lla­mar a las 2 o las 5 ho­ras de un sá­ba­do o do­min­go. Y aquí es­toy, pres­tan­do ser­vi­cios ha­cia el in­te­rior las 24 ho­ras, fe­liz.

PREN­DIÓ DE GOL­PE Arís­ti­des na­ció en Los An­des un 26 de enero de 1939 y cuan­do es­tu­vo en edad de me­re­cer, co­men­zó a tra­ba­jar en ECA ( Em­pre­sa de Comercio Agrí­co­la), que lo tras­la­dó des­de San­tia­go a la plan­ta fru­tí­co­la de Ran­ca­gua. Y de ahí, en 1970, a Iqui­que, don­de se hi­zo car­go del de­par­ta­men­to de ga­na­de­ría de los fri­go­rí­fi­cos Ena­fri. Has­ta el 73.

“Me echa­ron vo­lan­do. Me lla­ma­ron de la in­ten­den­cia y me di­je­ron que te­nía que ha­cer en­tre­ga del car­go a ellos, así que lo hi­ce. Con­té los po­llos, la car­ne y to­do lo de­más y me que­dé sin tra­ba­jo, has­ta que ha­blé con Luis Va­len­zue­la So­lís, quien me de­jó co­mo ofi­cial de par­tes”, con­tó

- ¿Y cuán­do aga­rró on­da?

- Ha­bía he­cho el ser­vi­cio mi­li­tar en Te­le­co­mu­ni­ca­cio­nes, por lo que sa­bía la teo­ría, así que cuan­do me pre­gun­ta­ron si le pe­ga­ba di­je que sí, y así me hi­ce car­go de la cen­tral de ra­dio. Me es­pe­cia­li­cé, me tra­ta­ron bien y me en­se­ña­ron, por lo que nun­ca más sol­té la ra­dio ru­ral. - ¿Has­ta el fi­nal de los días?

- Una vez an­du­ve con pro­ble­mas al ojo, pe­ro no es tan­to co­mo si fa­lla­ra la au­di­ción, ahí es­ta­ría fre­ga­do, pe­ro lo arre­gla­ría­mos de al­gu­na ma­ne­ra, con au­dí­fo­nos, qué sé yo. La mi­sión que cum­plo es ser­vir a la co­mu­ni­dad. A mí no me im­por­ta de dón­de son las per­so­nas o quié­nes o có­mo sean, les sir­vo.

Mi ser­vi­cio va des­de

co­la­bo­rar al pri­mer mi­nu­to

en el que trans­cu­rre un

he­cho ca­tas­tró­fi­co, co­mo

ac­ci­den­tes o las ba­ja­das de

alu­via­les, que sue­len cor­tar

los ca­mi­nos”.

Lui­sA­rís­ti­de­sHe­rre­ra.

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