"En la cár­cel hue­len el mie­do”

Car­los López y el nue­vo gi­ro de “Aler­ta Má­xi­ma”: CAR­LOS SAPEÓ A ESP QUE QUIEN SE QUIE­BRA EN LA CÁR­CEL PIER­DE. ADE­MÁS, ASE­GU­RÓ QUE UNA BUE­NA APRO­XI­MA­CIÓN A LA CA­NA, PA­RA LA GALLADA QUE SE POR­TA BIEN, SON LOS BACANES VI­DEOS EN 360 GRA­DOS QUE HAN SUBIDO A L

La Cuarta Espectacular - - Esp -

Ell 18 dde agos­to se es­tre­nó con una gran sin­to­nía la ter­ce­ra tem­po­ra­da de “Aler­ta Má­xi­ma”. En es­ta nue­va ver­sión, el va­lien­te re­por­te­ro Car­los López de­jó de co­rre­tear cu­me­jas jun­to a Ca­ra­bi­ne­ros, pa’ me­ter­se de lle­ni­to en las cárceles más pe­lúas de Chi­le. Co­no­cí a mi es­po­sa en un ope­ra­ti­vo po­li­cial. Ella es de­tec­ti­ve de la PDI” Car­los López, con­duc­tor de “Aler­ta Má­xi­ma”.

Sin du­da el de­but de “Aler­ta Má­xi­ma Tras las Re­jas”, ha si­do uno de los más fes­te­ja­dos por Chilevisión du­ran­te es­te se­mes­tre. El jue­ves 18 de agos­to, la en­chu­la­da po­ma­da po­li­cial mar­có 16, 5 pun­tos de ra­ting en­tre las 22.49 y las 00.14 ho­ras. In­clu­so lle­gó a re­gis­trar 21 y só­lo fue su­pe­ra­da por “Se­ño­res Pa­pis”, de Me­ga, con 20,7. “Me sa­co el som­bre­ro con los ca­bros de pro­duc­ción, los ca­ma­ró­gra­fos y los pe­rio­dis­tas, que son los que se me­ten to­dos los días. Se jue­gan el pe­lle­jo”, afir­mó a

La Esp Car­los López. El pe­rio­dis­ta po­li­cial más ape­rra­do de nues­tro cal­ce­tín de tie­rra, par­ló so­bre la nue­va apues­ta de Chilevisión y otras co­si­tas. - ¿Có­mo sur­ge es­ta trans­for­ma­ción del pro­gra­ma? - Que­ría­mos sa­ber qué su­ce­día tras las re­jas con los ti­pos que per­se­guía­mos y ver có­mo es­tán ahí aden­tro. Cla­ro, mu­chos ya es­tán en li­ber­tad. Tam­bién que­ría­mos sa­ber a qué se en­fren­ta un su­je­to al en­trar a la cár- cel por pri­me­ra vez. Cla­ro, tam­bién có­mo es el tra­ba­jo de Gen­dar­me­ría, las con­di­cio­nes de ha­ci­na­mien­to que hay y có­mo eso di­fi­cul­ta la la­bor de los gen­dar­mes. - ¿Te han ame­na­za­do den­tro de la ca­pa­cha? -

Sí, pe­ro no de muer­te. Pe­ro de que hay ame­na­zas, sí las hay. Ob­vio que siem­pre me di­cen: “dé­ja­te de sa­pear, conch...” y me sa­can a to­da mi fa­mi­lia des­pués. Lo que pa­sa es que en la cár­cel hay otro ti­po de in­ti­mi­da­cio­nes. Pon­te tú, he es­ta­do pa­ra­do en el óva­lo cen­tral de la Ex Pe­ni­ten­cia­ria, se co­mien­zan a acer­car y te hue­len en­tre va­rios in­ter­nos. - ¿Có­mo los pe­rros? -Ja­ja­já, no. Lo ha­cen pa­ra ro­dear­te y pa­ra que te de sus­to. Ob­via­men­te, en ese mo­men­to, uno tie­ne que ser fuer­te por­que si bien hay gen­dar­mes aten­tos, bas­ta un so­lo se­gun­do pa­ra que te agre­dan mor­tal­men­te. Hay una va­rie­dad de es­to­ques que ha­cen los “ar­me­ros” pa­ra que los “bom­bas” usen sin mie­do e in­clu­so pa­ra ma­tar. - ¿”Los Ar­me­ros”? ¿”Los Bom­bas”? - Cla­ro, los “ar­me­ros” son los in­ter­nos que se de­di­can a ha­cer es­to­ques con lo que en­cuen­tran. Los “bom­bas”, son co­mo los ka­mi­ka­zes, son los que no tie­nen mie­do a na­da y agre­den sin im­por­tar las con­se­cuen­cias, y mu­cho me­nos, que los pue­dan cas­ti­gar. - Oi­ga, ¿qué ti­po de ar­mas ha vis­to? - To­das las ar­mas vie­nen de la fa­mi­lia de los es­to­ques. Por ejem­plo, uno ve a in­ter­nos ba­rrien­do y de la na­da le pe­gan un gi­ro y la des­en­fun­dan, al­go así co­mo una ka­ta­na ja­po­ne­sa. Tam­bién es­tán los “co­ci­ne­ros”, es que quienes tie­nen el be­ne­fi­cio de tra­ba­jar en co­ci­na pue­den lle­var­lo en el cin­to y lo usan. Esos es­tán he­chos pa­ra des­tri­par de una. -

Brí­gi­do, har­ta de­s­es­pe­ran­za en la cár­cel has vis­to... - Es cier­to, pe­ro en nues­tro pro­gra­ma tam­bién que­re­mos mos­trar lo con­tra­rio. - ¿Có­mo así? - Por ejem­plo, mos­tra­re­mos la his­to­ria de uno de los in­ter­nos más pe­li­gro­sos de la ex Pe­ni­ten­cia­ria. El com­pa­dre, un día, re­ci­be una car­ta de una ni­ña que no te­nía idea que te­nía, que era su hi­ja. El so­cio, se pro­po­ne apren­der a leer pa­ra po­der en­te­rar­se de la no­ti­cia con sus pro­pios ojos. - Cru­do... -Así es la cár­cel, mi ami­go. - Me so­pla­ron que tu es­po­sa es de­tec­ti­ve ¿es ver­dad? - Por su­pues­to que sí. Me vas a creer que la co­no­cí en pleno ope­ra­ti­vo. Eran pu­ros hom­bres y de re­pen­te entró una se­ño­ri­ta con ta­cos y bo­tó una puer­ta. La vi y que­dé lo­co, poh. Le di­je a la gen­te que me acom­pa­ña­ba “a esa mu­jer la vi yo pri­me­ro”, ja­ja­já. - No­ta­ble, ¿y quién man­da? - ¿Des­car­ga­da? - Ella, sin du­da. Ella tie­ne mu­cho más car­go que yo, poh. Ella la lle­va en la Po­li­cía de In­ves­ti­ga­cio­nes y no lo di­go de cho­cho. - Vol­vien­do al te­ma de las ar­mas. Me ima­gino que tie­nes hi­jos, ¿có­mo lo ha­ces con tu es­po­sa con el te­ma de las pis­to­las en ca­sa? -Sí, ten­go tres hi­jos y bien chi­qui­ti­tos. A esa edad son in­con­tro­la­bles. Con mi es­po­sa le en­se­ña­mos que las pis­to­las las car­ga el dia­blo. A ve­ces, le di­cen a mi mu­jer “ma­má, ma­má, dé­ja­nos ver la pis­to­la” y ella les di­ce “cla­ro, es­to es un ar­ma y pue­de he­rir a la gen­te”. - Ob­via­men­te se las mues­tra des­car­ga­da, pe­ro en mi opi­nión creo que a los hi­jos hay que trans­pa­ren­tar­le es­te ti­po de te­mas. Ojo, que si uno le ocul­ta co­sas, ellos las van a en­con­trar y no quie­ro ni ima­gi­nar­me que pa­sa­ría. - ¿Al­gún men­sa­je pa­ra la gallada que si­gue el pro­gra­ma? -Cla­ro, que si­gan vien­do “Aler­ta Má­xi­ma Tras las Re­jas” y que si quie­ren ver có­mo es la cár­cel vean nues­tros vi­deos en 360 gra­dos que es­tán en nues­tra pá­gi­na de Fa­ce­book, Aler­ta Má­xi­ma CHV.

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