Don Za­lo:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

Tí­pi­ca del cu­rao que no sa­be me­dir­se y que por ca­len­tár­se­le el ho­ci­co ter­mi­nó con la gua­ri­fai­fa afue­ra y ju­gan­do al “agá­cha­te que vie­nen los in­dios” con la ve­ci­na. Más en­ci­ma, ella es­ta­ba mal, con pe­nas de amor, us­ted es ca­sa­do, con críos. Mi rey, es­tá metido en un ma­le­tín de abo­ga­dos: pu­ros pro­ble­mas. Lo que de­be ha­cer es con­tar­le a su se­ño­ra que se cu­ró co­mo guas­ca y que de ebrio co­me­tió el error de su vi­da y que no se acuer­da. Y que por lo que ca­cha le dio más que un be­so a la hem­bra de al la­do. Con cue­va de co­ne­jo lo van a per­do­nar. Di­fí­cil, muy di­fí­cil. Pe­ro es me­jor que la ha­ga us­ted an­tes que la mu­jer con pe­na le na­rre la gue­rra mun­dial en co­lo­res a su iño­ra. La con­de­na se­rá peor, pe­ro su ver­dad es una for­ma de achi­car la sen­ten­cia. Ca­so ce­rra­do.

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