Ga­lán llo­ra por en­fer­me­ra que le dio amor a la ve­na Doc­tor:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA - Sus con­sul­tas y dra­mas de ti­po amo­ro­so y de ca­che­teo, las en­vía a: doc­tor­ca­rino@la­cuar­ta.cl

Par­to por lo más do­lo­ro­so de mi vi­da: ha­ce un año y me­dio es­tu­ve pa’l ga­to in­ter­na­do más de un mes en la UTI de un hospital. Pen­sa­ba que lo úni­co lin­do que me po­día ocu­rrir en la vi­da era des­pa­char­me de una al otro mun­do.

Eso has­ta que lle­gó a aten­der­me una en­fer­me­ra muy ri­ca, una hem­bra que, a pe­sar de mi gra­ve­dad, me hi­zo sen­tir ga­nas de es­tar vi­vo pa­ra só­lo ver­la. ¿Sa­be qué más? Apar­te de ser una dio­sa, era ama­ble, tu­vo pa­la­bras de sa­bio y has­ta llo­ra­ba cuan­do me ha­bla­ba. Vi­vía só­lo pa­ra ver­la en­trar y sen­tir su olor de hem­bra en me­dio del al­cohol y ese tu­fo a clí­ni­ca.

Sa­lí de la UTI y pa­sé a al­go más nor­mal por­que es­ta­ba me­jor y no la vol­ví a ver has­ta que en uno de esos días abu­rri­dos vien­do te­le en la pie­za, lle­gó ella. Ce­le­bró que es­ta­ba más re­pues­to y al no­tar que mi vi­ri­li­dad tam­bién lo es­ta­ba, me dijo: “Pi­llín, apues­to que es­pe­ra­bas vi­vir só­lo pa­ra sen­tir­te ma­cho”.

Me pu­se a llo­rar y le pe­dí per­dón, pe­ro ella, com­pren­si­va y ex­ci­ta­da tam­bién, me en­tre­gó los me­jo­res cui­da­dos del amor.

Fue­ron quin­ce días en que hi­ci­mos vi­da ín­ti­ma, pe­ro de a go­ti­tas, y eso fue más ri­co.

Bueno, tras ello mi ma­dre me vino a bus­car y me per­dí en la vi­da del re­su­ci­ta­do y de ella no su­pe más, por­que se fue de esa pe­ga y no sé có­mo vi­vir sin ella. No ten­go ni po­lo­la por­que es­toy es­pe­ran­do que vuel­va. ¿Qué ha­go, doc?

Don Ca­mi:

Us­ted de­be ser uno de los po­cos que no es­tri­la ni pa­ta­lea por la sa­lud crio­lla. Se no­ta, por­que fue aten­di­do con néc­tar de amor a la ve­na y has­ta le re­su­ci­ta­ron el mu­ñe­co. Pe­ro me sor­pren­de lo agi­la­do que se por­tó tras ser da­do de al­ta. Cla­ro, por­que no se pro­ve­yó de las do­sis de amor que le pu­do se­guir dan­do la en­fer­me­ra eró­ti­ca.

Cla­ro, una vez que se fue­ron los pa­rien­tes que ce­le­bra­ron te­ner­lo de vuel­ta en el mun­do de los vi­vos, el ami­gui­to de allá aba­jo le dijo: “¿Y aho­ra, quién me da de co­mer, ah?”.

Y lo más tris­te de­be ser que se las pa­só en­cum­bran­do vo­lan­tín sin hi­lo to­do es­te ra­to. Pe­ro le voy a dar una ma­ni­to, ya que es­ta co­lum­na de con­se­jo sal­drá has­ta con dibujo y se­gu­ro que la en­fer­me­ra del amor lo va a con­tac­tar.

En to­do ca­so, co­mo se pue­de ca­char, se tra­ta de una fé­mi­na po­ten­te y bue­na sa­ma­ri­ta­na, que en el in­ter­ín de­be ha­ber da­do ya va­rias re­cu­sa­cio­nes bo­ca a bo­ca a ca­si muer­tos orien­ta­les de un só­lo oji­to. Va­lor, ga­lán.

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