Doc­tor Cariño:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

Ten­go mi co­ra­zón des­tro­za­do. Pi­llé a mi po­lo­la en una es­qui­na aga­rran­do con un com­pa­dre que no sé quién es. Iba a en­ca­rar­los, pe­ro se me sa­lie­ron los ojos cuan­do ca­ché que el so­cio le te­nía la mano per­di­da en­tre me­dio de las pier­nas. Ahí se me ca­yó to­do y só­lo huí y ati­né a pu­ro llo­rar. Más que los ce­los y lo que sig­ni­fi­ca que a uno le pon­gan los cuer­nos, me dio im­po­ten­cia que el hom­bre to­ca­ra a la que era mi mu­jer a dies­tra y si­nies­tra, en la ca­lle, co­mo si se rié­ra de mí en la ca­ra.

Nun­ca más lla­mé a mi mi­na y ella tam­po­co me lla­mó. Se­gu­ro ca­chó que yo ca­ché.

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