Mi “Pa­trón del Mal”:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA - PAN­CHO MA­LO

No sé si tie­ne más cue­va por vi­vir al la­do de una ca­le­ña, que di­cen que son los an­ge­li­tos que el Pu­len­to creó con más de­di­ca­ción, o por aten­der­se con una en­fer­me­ra, que tra­ba­ja más de no­che que el Ne­gro Piñera. La tentación es gran­de, por­que cuan­do una co­lom­bia­na le di­ce “pa­pi” al oí­do, sé que a uno se le pa­ran has­ta los pe­los del ho­yo de la ore­ja. Ade­más, no hay dio­sa que se mue­va me­jor que una ca­fe­te­ra, que tie­ne más cur­vas que la cues­ta el Me­lón. Peee­ro, creo que la bom­ba le pue­de ex­plo­tar en la ca­ra por­que tie­ne al enemi­go muy cer­ca. Los pa­tra­ñe­ros sa­ben que el que co­me ca­lla­do, co­me dos ve­ces, pe­ro siem­pre que la su­cur­sal que­de bien le­jos y us­ted pue­de aca­bar con la en­fer­me­ra ha­cién­do­le el exa­men de la prós­ta­ta por gil. Arran­que me­jor, aun­que le due­la.

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