Doc­tor­ci­to:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA - MARITO

La má­qui­na me pi­lló y no me que­dó otra que ir a vi­vir con los pa­pás de mi es­po­sa. La vi­da en fa­mi­lia es pio­la, mi sue­gra no es la bru­ja que to­dos pin­tan y en ge­ne­ral hay bue­na on­da. Pe­ro el gran dra­ma que ten­go con mi se­ño­ra es al ha­cer las ta­reas. La ca­sa es chi­ca y ya no po­de­mos echar­le car­ne pa’ den­tro co­mo an­tes. No es que me crea Ro­bo­cop, pe­ro cuan­do te­nía­mos nues­tro de­pa lo ha­cía­mos ca­si to­dos los días, y a ve­ces de ma­ña­na y no­che. Aho­ra con ra­ja he lo­gra­do ha­cer­le ca­ri­ño a la pun­ti­ta y no doy más, por­que tam­bién me re­cla­man por las “du­chas lar­gas”, us­ted ca­cha. Si no ha­llo lue­go la so­lu­ción pien­so ir a aten­der­me, pe­ro el amor con ta­xí­me­tro igual me da mie­do. ¿Qué ha­go, sa­bio?

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