Doc­tor­ci­to:

La Cuarta - - OJO, PESTA;A Y CEJA -

La vi­da me cam­bió des­de que pu­de ope­rar­me. De pe­sar ca­si 180 ki­los, pa­sé a ser un fla­co de 83 gra­cias a que me chan­ta­ron un glo­bo en la gua­ta. Aun­que me gas­té has­ta los aho­rros del chancho de Po­mai­re, aho­ra al fin mar­co ra­ting con las mi­nas. De he­cho, ha­ce un par de se­ma­nas es­toy sa­lien­do con una mo­re­na que tie­ne to­do lo que siem­pre so­ñé: unas ca­lla­gua­guas que al­can­za­rían pa­ra de­jar po­chi­tos a tri­lli­zos y un za­pa­llo que es más gran­de que el ego del co­lo­rín odio­so de Martín Li­ber­man. El úni­co dra­ma es que a mis 35 soy más vir­gen que el acei­te de oli­va y ten­go mie­do que mi pan­te­ra me pa­tee por te­ner la ca­ta­na con me­nos fi­lo que cu­chi­llo de avión. Ayu­da.

TOBI

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