Don Pe­ter la An­gui­la:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

Su dra­ma es pro­pio de los King­ko­nes del ca­che­teo: gas­tar­se la me­dia gua­ri­fai­fa y no po­der usar­la en pro­pie­dad. Los bien do­ta­dos su­fren, pe­ro de pu­ros gi­les que son. Me ex­pli­co: ya sea que ten­ga la man­sa pi­tón o se gas­te una cu­le­bri­ta, a las hi­jas de Eva hay que pre­pa­rar­las pa­ra bai­lar en el ca­ño del amor. No se tra­ta de ir a rom­pe y ra­ja, ya que hay que apli­car be­si­tos, ma­ni­tos y mu­cho, pe­ro mu­cho pre­pa­ra­ti­vo an­tes de en­trar a pi­car. Ade­más, los te­ji­dos de to­do ser hu­mano, bien tra­ba­ja­dos, tie­nen una elas­ti­ci­dad in­creí­ble. Por eso es que más allá de la im­pre­sión, us­ted de­bió apli­car cal­ma y ti­za y tra­ba­jar co­mo un al­ba­ñil del amor. Ha es­ta­do a die­ta de ca­che­teo de pu­ro bru­to que es. Y res­pec­to de la da­mi­se­la que le gus­tan los XXL, pre­gún­te­le de­re­cha­men­te si za­pa­tea só­lo en su fon­da, sino, lár­gue­la. No va­ya a ser que se aga­rre cual­quier bi­cho de pu­ro agi­lao.

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