Ma­ri­té:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

Es­tá bien que an­de de­ses­pe­ra­da por la vida, que no le rie­guen la flor, que no la ha­gan po­ner los ojos blan­cos. Y por esa ra­zón di­ce es­tar enamo­ra­da de un hom­bre que só­lo le tran­ca los po­ro­tos. Afor­tu­na­da­men­te, ca­cho mu­cho de amor y lo su­yo no es más que un em­po­ta­mien­to tras fal­ta de ma­ña­ma­ña­ña. Así que le re­co­mien­do que se bus­que un ga­lán de ver­dad, que no la an­de es­con­dien­do en los mo­te­les y que sea sin es­po­sa ni ca­bros chi­cos. Por­que si quie­re ser se­gun­do pla­to, le doy fir­ma­do que ter­mi­na­rá llo­ran­do co­mo Mag­da­le­na y el se­ñor se­gui­rá fe­liz de la vida con su lin­da fa­mi­lia. Ya se pe­gó el re­vol­cón, ya se pe­gó la sal­va­da. Ya sol­tó el si­mio y tie­ne que aguan­tar has­ta que ven­ga un hom­bre que us­ted se me­re­ce. Sin ata­dos ni pro­le. Que la ame a mo­rir. Sus con­sul­tas y dra­mas de ti­po amo­ro­so y de ca­che­teo, las en­vía a: doc­tor­ca­rino@la­cuar­ta.cl

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