“Di­cen que es­toy lo­co, que no de­jo des­can­sar a mi hi­jo”

La Cuarta - - PAÍS -

Seis­cien­tos cua­tro días han pa­sa­do pa­ra co­nec­tar esas dos his­to­rias que tie­nen un de­no­mi­na­dor co­mún: el pue­blo y la pe­na de un hom­bre que su­frió la par­ti­da de su hi­jo y al que no pu­do ofre­cer un ve­lo­rio, una misa, un cor­te­jo fú­ne­bre ni me­nos una se­pul­tu­ra don­de ir a de­jar­le sus lá­gri­mas y flo­res.

Sin em­bar­go, Ál­va­ro Pla­za se re­sis­te a des­pe­dir­se de su pri­mo­gé­ni­to ho­mó­ni­mo. Lle­va esos 604 días pe­leán­do­le a la tie­rra, tra­tan­do de des­en­tra­ñar del res­que­bra­ja­do suelo los res­tos de su hi­jo pa­ra po­der abra­zar­lo y, por fin, re­to­mar una vi­da más nor­mal, si se le pue­de lla­mar así.

“¿Sa­be? Es ex­tra­ño. Sue­ño con Al­va­ri­to. Lo veo fe­liz, rien­do, pe­ro es ra­ro, por­que no le pue­do ver la ca­ra. Siem­pre lo mis­mo. Creo que cuan­do ca­yó del ca­rro se pe­gó en la so­le­ra del vehícu­lo, que­dó in­cons­cien­te y se fue sin su­frir do­lor. Eso lo que quie­ro creer”, re­fle­xio­na el hom­bre, quien hoy si­gue luchando por cum­plir el de­seo si­len­te de su hi­jo: la re­con­ci­lia­ción fa­mi­liar. Y si bien Ál­va­ro y Juvissa no duer­men jun­tos, al me­nos vi­ven a po­cas cua­dras de dis­tan­cia en el pue­blo que vio na­cer y mo­rir al már­tir de bom­be­ros.

Pla­za es­tá con­ven­ci­do que su hi­jo ya­ce en un sec­tor muy cer­cano al lu­gar en que ca­yó ha­ce 604 días. Es­tá tan se­gu­ro que ha he­cho lo im­po­si­ble pa­ra con­se­guir má­qui­nas re­tro­ex­ca­va­do­ras y he­rra­mien­tas de última ge­ne­ra­ción pa­ra lo­grar su ob­je­ti­vo. Y si fal­tan, sa­be bien quién tie­ne una pi­co­ta y una pa­la pa­ra no per­der ni un so­lo día en su afán.

Esa con­vic­ción tam­bién tie­ne su ba­se en las vi­den­tes que lo fue­ron a vi­si­tar a Die­go de Al­ma­gro, en­tre ellas la de Chim­ba­ron­go, quie­nes in­di­can que el cuer­po es­tá a unos 500 me­tros del lu­gar don­de se vio por última vez al jo­ven bri­ga­dis­ta y quien, a la pos­tre, se­ría el úni­co ex­tra­via­do en el alu­vión re­gis­tra­do en el ex Pue­blo Hundido.

- Se­bas­tián Cor­tés, la otra per­so­na que mu­rió ese día en el pue­blo, ca­yó muy cer­ca de tu hi­jo, pe­ro su cuer­po fue en­con­tra­do 12 ki­ló­me­tros ha­cia aba­jo. ¿Por qué crees que tu hi­jo no co­rrió la mis­ma suer­te?

- Por­que Al­va­ri­to ca­yó mu­cho más tem­prano ese día. Se hi­zo un es­tu­dio de las co­rrien­tes y a esa ho­ra la pro­fun­di­dad del agua no era ma­yor a 70 cen­tí­me­tros, dis­tin­to a lo que pa­só en la tar­de, don­de el agua cu­brió to­do.

- Pe­ro la fuer­za de las aguas per­mi­tie­ron, in­clu­so, mo­ver va­rios me­tros el ca­rro de bom­be­ros don­de es­ta­ba Ál­va­ro…

- Sí, pe­ro es dis­tin­to. Al­va­ri­to es­tá cer­ca. Lo sé.

- Lo otro es po­der re­co­no­cer el cuer­po, en las con­di­cio­nes en que pue­da es­tar…

- Mi­re, acá no es co­mo en el sur. No hay vi­da, no hay lom­bri­ces que pue­dan car­co­mer el cuer­po. Acá es se­co. Tie­ne que es­tar ta­pa­do con tie­rra. Su cuer­po es­tá en­te­ro.

- Pe­ro con pa­la y pi­co­ta re­sul­ta di­fí­cil… ¿Te han di­cho que es­tás lo­co? Tú cuen­tas con ayu­da si­co­ló­gi­ca.

- Sí, me lo han di­cho, por me­dio de ter­ce­ras per­so­nas. No de fren­te. A mi sue­gro le han di­cho que no de­jo des­can­sar en paz a Al­va­ri­to, pe­ro no voy a pa­rar.

- El go­bierno de­jó de ayu­dar­te el año pa­sa­do y los pri­va­dos ya no te es­tán coope­ran­do co­mo an­tes… ¿Se­gui­rás in­sis­tien­do en que te ayu­den con es­ta ta­rea?

- Un em­pre­sa­rio me fa­ci­li­ta un Geo Radar, el mis­mo que se uti­li­zó pa­ra bus­car a Kurt Mar­tin­son (jo­ven aún de­sa­pa­re­ci­do en San Pe­dro de Ata­ca­ma). Aho­ra ne­ce­si­to que me aprue­ben un es­tu­dio de sue­los, y que cues­ta 70 mi­llo­nes de pe­sos. Pa­ra eso voy a ir a fis­ca­lía es­te miér­co­les pa­ra lo­grar esa apro­ba­ción.

- ¿Qué pa­sa­rá si se te cum­ple esa pe­ti­ción y no en­cuen­tras na­da? ¿Ha­brá otra ins­tan­cia o da­rás por ter­mi­na­do tan­to es­fuer­zo?

- Creo que se­ría lo úl­ti­mo, lo de­ja­ría ahí. No, no, me­jor no te quie­ro res­pon­der… No sé qué ha­ría…

Die­go de Al­ma­gro. Es 21 de no­viem­bre de 2016. El pue­blo que aún re­cuer­da la ca­la­mi­dad, con el ba­rro se­co pe­ga­do a las pa­re­des, ve ca­mi­nar a Ál­va­ro Pla­za. Una y otra vez. Pi­co­ta y pa­la en mano. Abrien­do la tie­rra. So­ñan­do con una ayu­da del cie­lo. Cre­yen­do en el día en que po­drá llo­rar a su hi­jo en un ce­men­te­rio.

Ayer. Hoy. Ma­ña­na…

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