TI­RA PA­LA DÍA A DÍA BUS­CAN­DO /A SU HI­JO

ÁL­VA­RO PLA­ZA NO PIER­DE LA ES­PE­RAN­ZA DE HA­LLAR A SU PRI­MO­GÉ­NI­TO DE­SA­PA­RE­CI­DO EN EL ALU­VIÓN DE CO­PIA­PÓ DE 2015

La Cuarta - - PORTADA - Eduar­do Ur­tu­bia www.la­cuar­ta.com

Die­go de Al­ma­gro. 21 de no­viem­bre de 2016. Ál­va­ro Pla­za San­tan­der, pi­ca en mano, ca­va en una zan­ja de dos me­tros de pro­fun­di­dad pa­ra en­con­trar el cuer­po de Ál­va­ro Pla­za Ra­mos, su hi­jo. Le pe­ga a las pie­dras, una y otra vez. Se sien­ta. Mi­ra al cie­lo. Cie­rra los ojos. Una fuer­te brisa re­co­rre su ca­ra, mien­tras el sol pe­ne­tra la piel cur­ti­da a más de 30 gra­dos. Y re­cuer­da, va­ya que re­cuer­da...

JUVISSA Y ÁL­VA­RO

Die­go de Al­ma­gro: 16 de ma­yo de 1998. Pla­za San­tan­der to­ma una ti­je­ra pa­ra cor­tar el cor­dón um­bi­li­cal de su pri­mer hi­jo. Lue­go lo lim­pia, lo arro­pa, lo abra­za y se lo en­tre­ga a su es­po­sa, Juvissa Ra­mos La­ra. El nom­bre del be­bé: Ál­va­ro, igual que el pa­pá no­más.

Es 28 de sep­tiem­bre de 2000. Al­va­ri­to ya tie­ne dos años y afir­ma con fuer­za el de­do de su pa­pá, quien se ca­sa con Juvissa, en La Pin­ta­na. Hay fies­ta. Ál­va­ro mi­ra con dul­zu­ra a su ama­da, a quien co­no­ció en Cha­ña­ral el ’97. Fue amor a pri­me­ra vis­ta, co­mo le di­cen.

El ni­ño con­tem­pla al pa­dre. Lo ha­ce siem­pre, co­mo cuan­do co­men­zó a tro­tar con él y a ha­cer fle­xio­nes de bra­zos to­dos los días. Esa ener­gía la lle­vó a una fi­lial de San­tia­go Mor­ning, don­de pro­bó suer­te co­mo fut­bo­lis­ta, has­ta que Ál­va­ro, ar­me­ro de Ca­ra­bi­ne­ros, es tras­la­da­do en 2006 a la 20ª Co­mi­sa­ría de Puen­te Al­to.

Ven­dría el pri­mer gol­pe… Ál­va­ro Pla­za San­tan­der se pre­pa­ra pa­ra des­fi­lar en la ban­da de gue­rra, pe­ro un lla­ma­do le ha­ce cam­biar de pla­nes. Es 4 de sep­tiem­bre de 2010. Su hi­jo su­fría una cri­sis de epi­lep­sia en el co­le­gio. El pa­dre de­ja lo que es­ta­ba ha­cien­do pa­ra ir en ayu­da del ni­ño.

Son tiem­pos du­ros. El di­ne­ro es­ca­sea y el tra­ta­mien­to de Al­va­ri­to apre­mia. Y si bien la re­cu­pe­ra­ción del me­nor es bue­na y le re­con­for­ta el al­ma, por otro hay una cri­sis fa­mi­liar, que con­clu­ye con una du­ra de­ter­mi­na­ción: Juvissa de­ci­de re­tor­nar con sus hi­jos a Die­go de Al­ma­gro.

EL RE­TORNO A “DIE­GO”

El quie­bre hi­rió en lo más hon­do al clan, es­pe­cial­men­te al pri­mo­gé­ni­to, que se arran­ca­ba en la ma­dru­ga­da pa­ra lla­mar a su pa­pá des­de un te­lé­fono pú­bli­co. No ha­bía con­sue­lo y el pro­ge­ni­tor es­ta­ba cons­cien­te de que al­go de­bía ha­cer…

El 2013, Ál­va­ro es tras­la­da­do a An­to­fa­gas­ta y se im­po­ne el ob­je­ti­vo de rear­mar la fa­mi­lia. Lo lo­gra, a me­dias. Co­mien­zan las jun­tas en Cal­de­ra, y Al­va­ri­to es­tá más con­for­me, ilu­sio­na­do, al igual que sus her­ma­nas, en que la re­con­ci­lia­ción era co­sa de po­co tiem­po.

Con­ver­tir­se en bom­be­ro se­ría pa­ra el ado­les­cen­te una bue­na for­ma pa­ra se­guir el es­pí­ri­tu de servicio de su pa­pá. Él tam­bién sue­ña con ser ca­ra­bi­ne­ro, pe­ro pri­me­ro se trans­for­ma en bri­ga­dier de los jó­ve­nes de Die­go de Al­ma­gro, pa­ra lue­go ser ins­truc­tor. Un as­cen­so me­teó­ri­co, que era fuen­te de or­gu­llo en la fa­mi­lia.

Fue en fe­bre­ro de 2015 cuan­do los dos tu­vie­ron

una con­ver­sa­ción. El jo­ven abra­za a su pa­dre y le con­fie­sa que lo sien­te co­mo su me­jor ami­go. A con­ti­nua­ción, le pi­de que cui­de a Juvissa y a las dos her­ma­nas. Ál­va­ro, ex­tra­ña­do, le pi­de que es­té tran­qui­lo, que siem­pre lo ha­rá. Era la

des­pe­di­da. Se­ría la última vez que ha­bla­rían fren­te a fren­te.

El día en que se des­bor­dó el río Sa­la­do, el 25 de mar­zo de 2015, Al­va­ri­to iba a es­tar ahí. No po­día ser de otra for­ma. Se su­bió al ca­rro de bom­be­ros pa­ra ayu­dar en

las la­bo­res de sal­va­ta­je. Va­lien­te. Pro­ta­go­nis­ta.

ADIÓS, HI­JO…

Die­go de Al­ma­gro: 25 de mar­zo de 2015. Ál­va­ro Pla­za Ra­mos (16 años) tras­la­da a un ni­ño de cua­tro años por el te­cho de un ca­rro de bom­be­ros. Aba­jo es­tá desata­do un alu­vión. La ope­ra­ción tie­ne éxi­to, has­ta que de­ja al me­nor en las ma­nos de la madre, a quien tam­bién sal­vó. Lue­go, la con­fu­sión. El bom­be­ro ha­ce un mo­vi­mien­to ex­tra­ño, se re­tuer­ce y cae a las aguas.

Nun­ca más sal­dría de ellas…

Dos días des­pués, Ál­va­ro re­ci­be una lla­ma­do de su con­cu­ña­do, quien le di­ce lo in­de­ci­ble: su hi­jo ha­bía caí­do a las aguas y no ha­bía re­gre­sa­do. Es­ta vez él no pu­do es­tar pa­ra so­co­rrer­lo.

In­co­mu­ni­ca­dos du­ran­te to­do ese tiem­po, sin luz ni co­mu­ni­ca­ción te­le­fó­ni­ca, lo tras­la­dan a Cal­de­ra y lue­go en he­li­cóp­te­ro has­ta “Die­go”.

Ese 27 de mar­zo, a las 11.00, co­men­za­ba su vía cru­cis.

Die­go de Al­ma­gro: 19 de no­viem­bre de 2016. Ál­va­ro Pla­za San­tan­der, pi­ca en mano, ca­va en una zan­ja de dos me­tros de pro­fun­di­dad pa­ra en­con­trar el cuer­po de Ál­va­ro Pla­za Ra­mos, su hi­jo. Le pe­ga a las pie­dras, una y otra vez. Se sien­ta. Mi­ra al cie­lo. Cie­rra los ojos. Una fuer­te brisa re­co­rre su ca­ra, mien­tras el sol pe­ne­tra la piel cur­ti­da a más de 30 gra­dos. Y llo­ra, va­ya que llo­ra…

No des­can­sa­rá El es­fuer­zo de Ál­va­ro fue pre­mia­do por Far­kas, quien le ob­se­quió seis mi­llo­nes de pe­sos por ser un gran pa­dre.

De vo­ca­ción Ape­nas vol­vió el 2011 a “Die­go”, el jo­ven hi­zo ca­rre­ra en Bom­be­ros. Aba­jo, el lu­gar don­de ca­yó a las aguas.

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