So­ña­do­ra:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

Su­pon­go que lo del “ca­cha­mal’’ era una bro­ma, por­que ni si­quie­ra un pe­lo de­be to­car­le na­die en es­ta vi­da. Si no, de­nun­cie. Ya se aca­bó lo de las mu­je­res ca­lla­das. En se­rio.

Bueno, acá hay una co­sa muy cla­ra y es que se le pren­dió la ve­li­ta del amor jus­to aho­ra que al fir­mar los pa­pe­les se ofi­cia­li­za al­go que no re­sul­tó. Aho­ra ya tie­ne una pareja y ca­chó que tie­ne la ca­be­za aden­tro del guá­ter, por­que el hom­bre que la lle­vó al al­tar se le va a ir pa­ra siem­pre. Y por eso lo sue­ña, y por eso se lo ima­gi­na aden­tro su­yo co­mo la no­che de bo­das, pe­ro en una pla­za en pe­lo­tas (me­dio ra­ro eso, en to­do ca­so). Eso es amor y ce­ni­zas. Ter­mi­nan­do de leer es­ta respuesta de su Doc­tor Ca­ri­ño, en­chú­le­se, éche­se har­ta Pa­chu­lí y par­ta don­de el hom­bre a de­cir­le que lo ama. Oja­lá no re­bo­te, por­que han pa­sa­do sus años, pe­ro mi ol­fa­to me di­ce que van a vol­ver.

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