Don Ale­jan­dro:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

Cuán­tos hom­bres aman a mu­je­res que les pe­gan, o mu­je­res que aman a hom­bres en­ga­ña­do­res, abu­si­vos y mal­tra­ta­do­res. Y us­ted la ama igual, pe­se a que no le ha­ya pa­ga­do ni un so­pe de los cinco pa­los. Es que lo de­jó bien con­quis­ta­do a pun­ta de sol­ta­das de mono en par­tes in­creí­bles, y eso lo con­vir­tió en un apa­sio­na­do ve­te­rano ha­cia ella. Y lo que no ca­cha­ba es que más allá de las lu­cas, mi tía le sa­lió tan lo­qui­lla que ya an­da za­pa­tean­do en una fon­da más tier­ne­ci­ta y lo ol­vi­dó en un dos por tres. Acá lo úni­co que le pi­do es que dé vuel­ta la pá­gi­na y que me­jor se dé cuen­ta de la fa­mi­lia que per­dió por esa peu­ca y vea si aún tie­ne op­ción de por lo me­nos re­cu­pe­rar a sus críos. No es ma­lo. Ca­paz que el de arri­ba le pu­so es­ta si­tua­ción pa­ra abrir­le los oja­les.

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