Doc­tor­ci­to:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

Soy un fa­ná­ti­co su­yo y to­da la vi­da me he ca­gado de la ri­sa con sus con­se­jos, pe­ro nun­ca pen­sé que me po­día to­car a mí. Es­toy de­ses­pe­ra­do. De la no­che a la ma­ña­na mi mu­ñe­co se bo­tó a huel­ga y no se le­van­tó más. Ten­go 40, y aun­que no era un Ter­mi­na­tor, igual de­ja­ba en tran­ce a mi se­ño­ra cuan­do le cla­va­ba el mono vu­dú con es­ta agu­ji­ta. Por eso no en­tien­do qué pa­so. Ni los ca­ri­ños ni los chir­li­tos lo des­pa­bi­lan. In­clu­so pa­rez­co lo­co ha­blán­do­le, ro­gán­do­le que re­su­ci­te en esas no­ches cuan­do la pa­tro­na me ha pe­di­do la pa­pa y no he si­do ca­paz ni si­quie­ra de to­car­le el tim­bre. Ten­go mie­do de que el ton­to se ju­bi­le sin pe­na ni gloria y mi amor em­pie­ce a mi­rar pa­ra el la­do. So­co­rro.

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