En­xu­xa­da con los ca­bros flo­jo­na­zos del Me­tro

La Cuarta - - PARA SERVIRLE -

- Ca­ba­lle­ro, ¿us­ted via­ja en Me­tro?

- Por suer­te no. Me ven­go ca­mi­nan­do a la pega. ¿Por qué la pre­gun­ta, mi lei­di?

- Es que ya es­toy cha­ta de los jó­ve­nes que se sien­tan en el pi­so y en­tor­pe­cen al trán­si­to de los de­más.

- Po­bre­ci­tos, de­ben ir can­sa­dos.

- No me sal­ga con eso. Yo ten­go tres ca­bros chi­cos. Me le­van­to to­dos los días a las 5 de la ma­ña­na pa’ des­per­tar­los, ves­tir­los, dar­les desa­yuno y lle­var­los al co­le­gio. - ¿ Y su ma­ri­do?

- No me ha­ble de ese ani­mal. Me­jor so­li­ta. Mi­re, por más que re­pi­ten a ca­da ra­to por los par­lan­tes e ins­ta­lan pe­ga­ti­nas en los va­go­nes, es­tos flo­jo­na­zos si­guen sen­tán­do­se en el sue­lo. Creo que Me­tro de­be­ría to­mar otras me­di­das con es­tos pa­sa­je­ros que mo­les­tan a la gen­te.

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