Gua­chón tro­pi­cal só­lo quie­re amor y no fans de su trom­pe­ta

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA - Sus con­sul­tas y dra­mas de ti­po amo­ro­so y de ca­che­teo, las en­vía a: doc­tor­ca­rino@la­cuar­ta.cl

Doc­tor:

Soy trom­pe­tis­ta de una or­ques­ta tro­pi­cal ca­si pro­fe­sio­nal, an­do por los trein­ta y al­go y to­da mi vi­da he pa­de­ci­do por fal­ta de amor. Nun­ca me ha fal­ta­do una ga­ta que me ca­lien­te la ca­mi­ta y que la in­cen­die a pu­ros sal­tos y me­neos des­pués. No me que­jo, siem­pre hay car­ne en el gan­cho, aun­que sue­ne pen­ca. Y so­bre eso es que quie­ro su con­se­jo, ya que mi ins­tru­men­to es ta­ma­ño XXXL. ¿Ca­cha?

¿O se­rá que las hem­bras hue­len que mi mú­si­ca es de lar­go al­can­ce o se pa­san en da­to? No ca­cho so­bre esa teo­ría, pe­ro lo cier­to es que lle­gan co­mo abe­jas a la miel. Y la he pa­sa­do chancho. Pe­ro ten­go el co­ra­zón se­co, por­que se me acer­can pa­ra pu­ro re­fo­ci­lar­se con el ins­tru­men­to y es pu­ro se­xo, de amor na­da.

Unas en­gru­pen con que me aman, pe­ro es dar­se el gus­to con al no­ve­dad. “Uuuyy, qué gran­de”, “¿Pue­do sa­car­le mú­si­ca?” y mu­chas fra­ses así es­cu­cho, lo pa­san ri­co, yo igual, pe­ro na­die me ama de ver­dad.

Ha­ce po­co co­no­cí a una ca­bra, sa­li­mos, co­mi­mos, bai­la­mos y a la ho­ra de los quiu­bos, no hi­zo nin­gu­na de­cla­ra­ción lo­ca. Go­zó y me di­jo que me ama­ba pa­ra siem­pre. To­do lindo, has­ta que por ca­sua­li­dad es­cu­ché que con una ami­gas ha­bla­ba y mos­tra­ba las ma­nos se­pa­ra­das co­mo 30 cm y se reía. ¿Qué ha­go? ¿Le di­go que no más? har­to bien que la ha pa­sa­do, sa­cán­do­les mú­si­ca a hem­bras de to­dos los ca­li­bres.

En fin, co­mo mi pe­ga y uno de mis pla­ce­res es po­ner ore­ja a sus la­men­tos y dar­le el con­se­jo, le di­go que es­tá pu­ro ra­llan­do la pa­pa. Tal vez la ca­bra que co­no­ció y que ni chi­lló al ver­le la de bron­ce –trom­pe­ta, cla­ro-, sino que pio­li­ta den­tro de lo po­si­ble la pa­só chancho jun­to a us­ted es la mu­jer de su vi­da. Us­ted lle­gó de pu­ro sa­po a ca­char qué ha­cía ella con sus ma­ni­tos abier­tas fren­te a sus ami­gas. A lo me­jor se re­fe­ría a otra co­sa y us­ted an­da si­co­sea­do y ha­cien­do el lo­co. De­le tiem­po a la chi­qui­lla, pá­sen­lo bien, go­cen y si es ver­dad que lo de ella es pu­ro amor, bien. Si no, a se­guir bus­can­do fun­da pa­ra guar­dar la trom­pe­ta. ¿Es­ta­mos?

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