Pe­que­ño Co­ke:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

Veo que los años pa­san pero los ca­rre­tes uni­ver­si­ta­rios si­guen igual que los de mi épo­ca, aun­que esos eran en blan­co y ne­gro eso sí. Dé­je­me de­cir­le que su amigo es el rey de los gi­les. Nun­ca en la vi­da se en­car­ga una po­lo­la, por un la­do, por­que no se ha­bla ni de un au­to ni de una bi­ci­cle­ta, sino de una per­so­na; y por otro, por­que la fi­de­li­dad es co­sa de los dos no­más. In­de­pen­dien­te de lo an­te­rior, lo que us­ted hi­zo no se le ha­ce a un amigo, así que cas­tí­gue­se. Y no sea ca­ra de nal­ga, que lo que hi­zo su com­pa­ñe­ro es lo mis­mo que hi­zo us­ted y me­nos gra­ve aún. ¿Quie­re con­se­jo? Mue­ra en la rue­da, arranque de esa mu­jer y dí­ga­le a su amigo que us­ted no tie­ne tiem­po pa­ra an­dar cui­dan­do a la da­mi­se­la.

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