Clau­di­ta:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

Eso de que sea la hi­ja del due­ño y el je­fe de su ama­do va­le ca­llam­pa. En el amor no hay ca­te­go­rías ni je­fes ni di­fe­ren­cias, só­lo man­da el co­ra­zón y por en­de, lo que de­be ha­cer us­ted es sa­ber bien que de­be li­diar con un hom­bre, no con dos ti­pos me­ti­dos en un pu­ro cuer­po, que en la ma­ña­na es un fo­me amar­ga­do y con un va­so de vino se trans­for­ma en el mino más ri­co y ca­li­fa de la tie­rra. Le acon­se­jo que lo aga­rre tem­pra­ni­to y dí­ga­le to­do lo que us­ted sien­te por él, qui­zás él es un gran tí­mi­do que ne­ce­si­ta al­cohol pa­ra aga­rrar con­fian­za, pe­ro si us­ted lo pes­ca y lo en­gran­de­ce, se­gu­ra­men­te la pes­ca­rá ahí mis­mi­to y la da­rá vuel­ta has­ta de­jar­le los ojos blan­cos. Des­pués de eso, se­gui­rán jun­tos. Hay un te­ma de con­fian­za. Na­da más.

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