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La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

Nun­ca vi a al­guien tan bueno pa­ra el vino. El se lla­ma La­li­to y lo co­no­cí en el cam­po. En el tra­ba­jo, en los co­rra­les de mi abuelo, es un ca­ba­lle­ro, no ha­bla, só­lo la­bu­ra. Pe­ro cuan­do se toma un vino pa­re­cie­ra que se po­ne can­che­ro, amo­ro­so, gua­po y galán. Y así me con­quis­tó. El problema es que al día si­guien­te en la ma­ña­na con­ti­núa con su tra­ba­jo y re­gre­sa a su es­ta­do fo­me. Yo soy la hi­ja del due­ño y su je­fe, pe­ro no me im­por­ta que­dar­me con él. Lo de­seo con mi al­ma, pe­ro no sé có­mo ha­cer­la pa­ra de­cla­rar­me mi amor.

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