Os­ca­ri­to:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

Cuan­do uno se to­ma unos co­pe­ti­tos y des­pier­ta en la ma­ña­na sin dor­mir lo ne­ce­sa­rio, es lo más pro­ba­ble que se levante con el la­bial afue­ra y pen­san­do pu­ras co­chi­na­das. Es que eso es la be­bi­da que aún se man­tie­ne vi­va en la san­gre y ha­ce a cual­quier lo­co ac­tuar co­mo ani­mal. Y eso ter­mi­nó por de­jar­lo a us­ted me­ter la ca­be­za al guá­ter. Ob­vio, la se­ño­ra lo jo­tea­ba y us­ted nun­ca la pes­có, pe­ro aho­ra es­tá arre­pen­ti­do pen­san­do en su com­pa­ñe­ra de pe­ga que lo atrae. Fá­cil. Us­ted no es un toy boy co­mo pa­ra an­dar ha­cien­do tra­ba­jos en el ca­tre a cam­bio de pla­ta. De­be te­ner en cuen­ta de que fue una vo­lá, ha­blar con la ve­te­ra­na y con­ti­nuar con su vi­da. En vez de an­dar re­gan­do el pas­to co­mo los abue­li­tos, yo me la ju­ga­ría a mo­rir con la hem­bra de la pe­ga.

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