Mi pe­rri­ta:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

Tie­ne que ser muy gua­pa y de­be gas­tar­se así el man­so ego, mi­ji­ta, por­que re­co­no­cer de una que es in­men­sa­men­te be­lla, be­lla, be­lla, co­mo di­ce esa vie­ja can­ción de Ar­nal­do no es co­sa po­ca. Di­cho es­to, le de­jo caer el con­se­jo al callo. El ca­bro no es mar­ciano, ni zom­bi, ni an­da vo­lao y me­nos es ton­to. En reali­dad la tie­ne cal­za­da ha­ce ra­ti­to y ca­chó que si ig­no­ra su man­sa be­lle­za, esa que en­can­di­la co­mo el sol, us­ted en­tra­rá a ur­gir­se y cae­rá ren­di­da a sus pies. Es la vie­ja tác­ti­ca de la es­ta­tua, pe­ro por den­tro de­be an­dar pa­ra freír pa­pas. Por más que le di­ga es­to, us­ted ya es­tá lis­ta pa’ la fo­to, el ca­bro la tie­ne de ahí. Son tal pa­ra cual. Rín­da­se a sus gam­bas y sea fe­liz. Per­dió, ¿o ga­nó?

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