Doc­tor:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

No ha­llo qué ha­cer pa­ra sa­car­me de la ca­be­za a un ti­po que co­no­cí en una fies­ta de ca­sa­mien­to. Yo fui con mi po­lo­lo, que es al­to, delgado, con bar­ba a la mo­da, si pa­re­ce de esos fut­bo­lis­tas del Ar­se­nal. Eu­ro­peo, ri­co. Es­ta­ba bien en la fies­ta has­ta que se me acer­có el her­mano de una ami­ga, al que co­no­cí de chi­cos. Es gor­di­to, pe­lu­do, bueno pa­ra co­mer, to­mar y bai­lar. Me hi­zo mo­ver co­mo pi­ri­no­la y des­pués bai­la­mos unos len­tos y em­pe­za­mos a atra­car, pe­ro je­vi, du­ro. No aguan­ta­mos y nos fui­mos a lo co­man­do a lo os­cu­ri­to y tu­vi­mos has­ta gra­do sie­te, si es que exis­te. Pe­se a to­do, mi po­lo­lo ni ca­chó. Se­gui­mos bien y con ga­nas de ca­sar­nos, pe­ro no ol­vi­do al gor­di­to del se­xo.

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