Do­ña Mai­te:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

A ve­ces los es­pe­cí­me­nes me­nos afor­tu­na­dos en lo fí­si­co son unas ver­da­de­ras má­qui­nas del amor. Ha­blan, tie­nen te­ma, bai­lan bien, ha­cen reír (al­go im­por­tan­te en el amor) y así son im­ba­ti­bles. El fí­si­co no es to­do, la chis­pe­za y lo can­che­ro de las pam­pas no es co­sa de ser bo­ni­to y ya. El con­se­jo al ca­llo es que con­ver­se con su fla­co ri­co, ti­po eu­ro­peo, y le dice la posta, que otro más pen­qui­ta le ha­ce ti­lín. ¡Y se aca­bó no más! No ha­ga ca­so a lo que di­cen las vie­ju­jas, que es bueno te­ner un ga­llo bo­ni­to, blan­qui­to y de oja­les de pis­ci­na. Dan ca­cho­rros bo­ni­tos, pe­ro a ve­ces na­da más. Ati­ne con el adi­po­so del amor.

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