Doc­tor­ci­to:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

Es­toy cha­ta con tan­to edi­fi­cio que se ha cons­trui­do en torno a mi ca­si­ta. Ya ni en­tra la luz de sol. Ten­go ga­nas de cam­biar­me, pe­ro es­tán tan ca­ras las vi­vien­das que me­jor no ha­go na­da... Me amu­rré. Pe­ro co­mo soy una mi­na po­si­ti­va, bus­qué el la­do ama­ble de las co­sas: hay más co­mer­cio, no ten­go que ir al cen­tro, aun­que lo me­jor se tras­lu­ce por las ven­ta­nas: es que ten­go unos ve­ci­nos que son bue­na­zos pa­ra an­dar en pelota. Los edi­fi­cios es­tán tan, pe­ro tan cer­ca, que pa­re­cie­ra que con es­ti­rar la mano se pu­die­ra to­car ahí mis­mi­to... El ca­so es que hay un ga­llo que, es­toy se­gu­ra, me ha­ce oji­tos mien­tras se pa­sea por su li­ving... Me tira be­si­tos, me cie­rra el ojo y me pu­so un pa­pel pe­ga­do al vi­drio con el nú­me­ro de su dep­to. El ata­do es que he ido ca­le­ta de ve­ces al edi­fi­cio y no doy con su do­mi­ci­lio... ¿Qué ha­go? AN­SIO­SA

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