Ma­la­ca­to­sa:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

De re­pen­te me ba­ja el au­tóc­tono que tan­to va­lo­ro y de­jó la pa­tá con los ton­to­nes que me con­sul­tan, pe­ro es­ta vez no me sa­ca los bi­val­vos del ca­nas­to, pe­rri­ta. Al con­tra­rio, me da un po­co de ri­sa que se desaho­gue y cuen­te su dra­ma, por­que lo tie­ne. ¿Dón­de? ¿Cuán­do? ¿Có­mo? En su vi­da, mi­ji­ta, tie­ne la se­ño­ra del zo­rro con tres re­la­cio­nes ocul­tas de las cua­tro que vi­ve. Ese ata­do lo tie­ne des­de el día que de­ci­dió ju­gar a la ma­la y lo ten­drá has­ta el mo­men­to en que se le cai­ga la ca­re­ta de tri­ple go­rre­ra. Y to­do eso la ha­ce an­dar a sal­to de mata, ur­gi­da, a lo agen­te se­cre­ta a pun­to de caer. Al fi­nal, se va a des­gas­tar en­tre tan­ta ca­bal­ga­ta con cua­tro ga­la­nes y an­dar per­se­gui­da, que los irá lar­gan­do de a uno pa­ra que­dar­se con el ve­na­do ofi­cial. Y si no lo ha­ce, se le cru­za­rán los ca­bles y ca­paz que has­ta se le arran­quen los enani­tos pa’l bos­que. Cuí­de­se.

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