Ma­mi­ta:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA - Sus con­sul­tas y dra­mas de ti­po amo­ro­so y de ca­che­teo, las en­vía a:

No lo va a creer, pe­ro ha­ce tiem­po que no me po­nía ca­li­fa con una car­ta así. Me la ima­gino ma­du­ri­ta y apre­ta­di­ta. Y lo que tie­ne que ha­cer es aga­rrar a sus críos y de­cir­les que se va­yan un ra­ti­to a la cres­ta. Us­ted no pue­de an­dar pes­can­do con­se­jos de ca­bros mez­qui­nos, que quie­ren a una ma­dre en la ca­sa o en la pe­ga. Y a su edad es más jo­ven que cual­quie­ra y eso se lo di­ce su pasión por los hom­bres que des­per­tó gra­cias a un mo­re­na­zo que de­be po­seer una gran he­rra­mien­ta del amor. Bús­que­lo en el Me­tro y si no, lle­ga­rá cual­quier prín­ci­pe azul, por­que lo que se le des­per­tó no se le va a apa­gar e irra­dia­rá pu­ro amor y ga­nas de sen­tir­se co­mo una mu­jer en sus me­jo­res tiem­pos. Es una lo­la mi rei­na, y si no fue­se por­que ten­go se­ño­ra, la lla­ma­ría por in­terno. Jue­gue.

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