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La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

De­bo a ca­da san­to una ve­la, no ten­go ni pa­ra car­gar la Bip y ha­ce po­qui­to me sa­lió un pi­tu­ti­to co­mo di­gi­ta­dor. Lle­gué a la pe­ga y no te­nía pa­ra de­vol­ver­me a la ca­sa. Por suer­te una com­pa­ñe­ra de tra­ba­jo ofre­ció aca­rrear­me en su ci­ti­car y an­tes de en­rum­bar a mi ho­gar me ofre­ció to­mar­nos unas co­si­tas. Le fui sin­ce­ro y le di­je que no te­nía pa­ra in­vi­tar­la. Me sen­tí mi­se­ra­ble, pe­ro ella me in­vi­tó. Tras los co­pe­ti­tos se le sol­tó la len­gua y me ofre­ció ir­nos a un mo­tel. Le di­je que no, por­que ha­bía de­ja­do a mi ma­má so­la en ca­sa y no que­ría que me hi­cie­ra un ata­do. La com­pa­ñe­ra de pe­ga se en­ve­nó, pe­ro igual me fue a de­jar. Y me di­jo que a una mu­jer no se la des­pre­cia y que mi ma­má no es­ta­ba tan vie­ji­ta co­mo pa­ra que me asus­ta­ra por­que es­tá so­la. Que­dé pen­san­do el te­ma, por­que ella es bas­tan­te ri­ca. LAZ­LO

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