Aman­tes con ata­dos por “trai­cio­nar” a sus pe­rri­tos

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

Doc­tor:

Amo a mi pe­rro, en se­rio. Lo sa­co a pa­sear sa­gra­da­men­te ape­nas lle­go de la pe­ga, le com­pro co­mi­das es­pe­cia­les, le con­ver­so y te­ne­mos una tremenda co­mu­ni­ca­ción. Le di­go es­to por­que mi pe­rro lle­na mi vi­da. Eso es por­que es­toy más so­lo que un de­do, por­que mi es­po­sa me de­jó por un ga­llo más ba­cán. No soy pen­ca: ten­go mis ca­lu­gas, soy me­dia­na­men­te cul­to, sano y no gano mal. Pe­ro apa­re­ció otro, más ro­mán­ti­co, con más pla­ta y qui­zás qué co­sas más. Lo cier­to es que que­dé so­lo y con mi pe­rro.

Aho­ra me sa­lió al­guien, una do­glo­ver, que ama a su pe­rri­ta y es igual de ra­ya­da que yo. La co­no­cí tro­tan­do con su can y des­de ese mo­men­to em­pe­za­mos a lla­mar­nos, gua­sa­pea­mos, fui­mos a co­mer, pe­ro no pa­sa­ba na­da. ¿Tímidos? Creo que sí. Y de pron­to aca­ba­mos en la ca­ma por cul­pa de los pe­rros, ya que fui a su de­pa con mi ca­nino y ape­nas vio a su pe­rri­ta, se le fue en­ci­ma y no pu­di­mos se­pa­rar­los. Nos reí­mos, nos fui­mos a un la­do para de­jar­los tran­qui­los y, cuen­to cor­to, ter­mi­na­mos igual que nues­tras mas­co­tas. A lo perrito.

El pro­ble­ma es que des­pués de eso sien­to que la pe­rri­ta de ella y mi gran ami­go han pa­sa­do a la his­to­ria. O sea, nos preo­cu­pa­mos de ellos, pe­ro he­mos de­ja­do de la­do el diá­lo­go hu­mano-ca­mino y me sien­to un traidor a mi pe­rro y ella tam­bién. No lo po­de­mos evi­tar. ¿Trai­do­res?

Don pul­guien­to:

Leí aten­to su co­rreo y me que­dó en cla­ro por qué lo pa­tea­ron: se da mu­chas vuel­tas en las co­sas. A ve­ces en la vi­da hay que ir de tres cu­cha­ra­das y a la pa­pa. ¡Lo de­ja­ron por pa­je­ro, tal cual! Acla­ra­do eso, voy a us­te­des y los pe­rros.

Ex­ce­len­te que su pa­sión ca­ni­na ha­ya cua­ja­do en unir­la a una mu­jer a su me­di­da. Los pe­rros, apar­te de ser buenos acom­pa­ñan­tes, cum­plen la fun­ción de unir a las per­so­nas. Y eso es bueno. Bien por usted y su hem­bra, y bien por los cua­drúpe­dos.

Pe­ro lo pen­ca de to­do es­to es que le están dan­do vuel­tas in­ne­ce­sa­rias al te­ma. Los ani­ma­les y mas­co­tas ayu­dan, acom­pa­ñan, su­plen ca­ren­cias, pe­ro no son to­do. Us­te­des ya están con su amor y los pe­rri­tos tam­bién, dé­jen­los ju­gar al tren­ci­to tran­qui­los y pón­gan­se a ha­cer lo su­yo sin ata­dos. Es más, có­pien­les. A lo perrito, cu­cha­ri­ta, rás­quen­se y aú­llen tran­quis en el ring de cua­tro pe­ri­llas. Y si los pe­rros la­dran, es por­que su re­la­ción va ca­mi­nan­do, a cua­tro pa­tas, pe­ro ca­mi­nan­do.

Sus con­sul­tas y dra­mas de ti­po amo­ro­so y de ca­che­teo, las en­vía a: doc­tor­ca­rino@la­cuar­ta.cl

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