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La Cuarta - - TALENTO DE TITÁN - Los ti­ta­nes que­dan ja­pi con el apo­rreo de los tam­bo­res.

en el mun­do de los ‘coaching’, que es un mé­to­do pa­ra en­tre­nar a las per­so­nas y a los equi­pos pa­ra cum­plir nue­vos ob­je­ti­vos de tra­ba­jo.

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¿Có­mo ha si­do la ex­pe­rien­cia de tra­ba­jar con los ti­ta­nes de la cons­tru?

- Ha si­do una be­lla opor­tu­ni­dad de com­par­tir mi pro­pia vi­ven­cia de ar­tis­ta en la prác­ti­ca, con per­so­nas que no son ne­ce­sa­ria­men­te mú­si­cos, de sen­tir­los co­mo co­le­gas, co­mo pa­res, muy con­cen­tra­dos en lo­grar un lin­do re­sul­ta­do musical. Se ge­ne­ra una co­rrien­te ener­gé­ti­ca y de per­te­nen­cia gru­pal que pro­du­ce mu­cha ale­gría.

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¿Có­mo to­man los ti­ta­nes es­to de re­la­jar­se to­can­do el tam­bor e in­ter­ac­tuar con sus com­pi­pas?

- El re­la­jo lo to­man con una gran dis­po­si­ción, me pa­re­ce que has­ta lo agra­de­cen. Es un es­pa­cio de si­len­cio, de pau­sa, de des­can­so que cam­bia la pro­pia sen­sa­ción del cuer­po y de có­mo es­toy pa­ra­do aquí, a la par de ge­ne­rar las con­di­cio­nes pa­ra, in­me­dia­ta­men­te, con­cen­trar­se en una prác­ti­ca que re­que­ri­rá de su aten­ción y una aler­ta más fi­na. El es­tar sen­ta­dos cer­qui­ta ca­da uno con su tam­bor es una ex­pe­rien­cia de por sí muy en­tre­te­ni­da, iné­di­ta y sor­pren­den­te.

VA­RIAS EM­PRE­SAS SE REPITEN EL PLATO

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¿Se ge­ne­ra al­gu­na di­ná­mi­ca en­tre los so­ci­tos?

- La di­ná­mi­ca ge­ne­ra aso­cia­cio­nes, subequi­pos o sec­cio­nes de coope­ra­ción mu­tua en que la ne­ce­si­dad es es­tar muy aten­tos unos a los otros. A su vez, son so­por­te fun­da­men­tal pa­ra el re­sul­ta­do del con­jun­to. Ca­da sec­ción y ca­da uno de los in­te­gran­tes son pie­zas cla­ve pa­ra el re­sul­ta­do to­tal.

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- El tam­bor es un ob­je­to que ha es­ta­do siem­pre li­ga­do a la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad. De al­gu­na ma­ne­ra nos ha acom­pa­ña­do en ce­le­bra­cio­nes, mú­si­ca, fies­tas, ora­cio­nes y ce­re­mo­nias. El ser hu­mano abra­za un tam­bor y es co­mo si hi­cie­ra una fo­ga­ta. Se co­nec­ta con al­go en su in­te­rior y le es muy fa­mi­liar. Sue­na me­dio eso­té­ri­co lo que di­go, pe­ro es cier­to. Eso es lo que les acon­te­ce a las per­so­nas que to­man un tam­bor.

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¿Có­mo ven el tam­bor al ter­mi­nar el ca­rre­te?

¿Y có­mo que­dan los ti­ta­nes des­pués de la ex­pe­rien­cia. Te ha ocu­rri­do que la cons­truc­to­ra te vuel­ve a lla­mar?

- El fi­nal es nor­mal­men­te un gri­to de jú­bi­lo. Des­pués te abra­zan y te agra­de­cen. Que­da una ge­nui­na sen­sa­ción de ha­ber con­clui­do una ex­ci­tan­te y en­tre­te­ni­da aven­tu­ra en equi­po. Va­rias em­pre­sas se repiten el plato.

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