Mi per­la:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

Pu­cha que da ra­bia cuan­do un hom­bre de bien co­se­cha una plan­ti­ta du­ran­te años y lle­ga un le­pro­so y la rie­ga como quie­re. Su po­lo­lo es el hom­bre que va­le la pe­na des­pei­nar. Ha­ble con él, y dí­ga­le que se chas­co­nee un po­co, pues así la se­du­ce más. Po­lo­lear con un pa­vo tam­po­co tie­ne gra­cia, me­nos pen­san­do en que to­do el ma­tri­mo­nio se­rá como ir a un show de sie­te ho­ras con Ri­car­do Me­rua­ne y Chino Na­va­rre­te. Sin em­bar­go, le per­dono la arran­ca­da (pe­se a que es gra­ve la pues­ta de cuer­nos), por­que creo que su hom­bre es­tá tan enamo­ra­do de us­ted que si se lo pi­de se con­ver­ti­rá en un Mi­chael Dou­glas en el ca­tre y la de­ja­rá con los ojos sa­li­dos pa­ra afue­ra a pun­ta de tran­ca­da de hor­ta­li­zas. Lo del co­pe­te y el mal tra­to no la aguan­ta­ría. Hay ga­lli­tos que se creen ba­ca­nes po­nién­do­se vio­len­tos to­man­do de la odio­sa. Pe­ro si su pa­re­ja actual se le po­ne ru­do, se­xual­men­te ha­blan­do, le ga­ran­ti­zo que se casa ma­ña­na mis­mo.

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