Le que­ma­ron sus li­mon­ci­tos con ca­fé en el Me­tro

La Cuarta - - PAÍS -

- ¡Ayyyy... ayyyy! Me due­len mis pe­chu­gui­tas.

- ¿Se las ope­ró? ¿Cuán­to se pu­so? - Na­da. Es­tos li­mon­ci­tos son míos. Po­cos, pe­ro lin­dos.

- En­ton­ces, ¿por qué el do­lor en las ca­lla­gua­guas?

- Por­que ayer iba rum­bo a mi pe­ga en el Me­tro, y a una pa­ja­ro­na se le dio vuel­ta so­bre mí, un ca­fé ca­lien­te.

- ¡Pe­ro có­mo se le ocu­rre. ¡Eso es un cri­men! Tan lleno que va el pa­te­go­ma y la per­la to­man­do ca­fe­ci­to.

- Por lo me­nos me pu­de des­ho­gar y la em­pa­pe­lé a xu­xa­das por el do­lor cau­sa­do y la man­sa man­cha que me de­jó en la blu­sa. La tu­ve que bo­tar.

- Y agra­dez­can que es una da­ma... - Quie­ro pe­dir­le a los asis­ten­tes de la es­ta­ción, que no per­mi­tan su­bir a los ca­rros a la gen­te con lí­qui­dos ca­lien­tes. Pue­den cau­sar un ac­ci­den­te peor o que­mar a un ca­bro chi­co. Chao. ¡Ayyyyy!

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