Fue de pa­seo al zoo y aca­bó go­zan­do con milf fo­go­sa

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

Doc­tor:

En el zoo­ló­gi­co pa­san mu­chas co­sas. Y lo más co­mún es que se pier­den los ca­bros chi­cos. An­da­ba só­lo sa­can­do unas fo­tos pa­ra un tra­ba­jo de la uni­ver­si­dad, y cuan­do lle­gué don­de es­ta­ba la ji­ra­fa ca­ché a un ni­ñi­to de tres años llo­ran­do. Es­ta­ba ape­na­do y bus­can­do a su ma­má. Lo aga­rré de la mano pa­ra lle­var­lo don­de un guar­dia y no en­con­tra­mos a na­die. Gri­ta­ba, y yo me emo­cio­né an­te su de­ses­pe­ra­ción. Me lo subí arri­ba de los hom­bros y co­men­cé a chi­flar por me­dia ho­ra. Ahí apa­re­ció ella, una mu­jer des­ga­rra­da, her­mo­sa, quien abra­zó al pe­que­ño y lue­go me ala­bó el ges­to. En­tre con­ver­sa y con­ver­sa me dio su te­lé­fono pa­ra in­vi­tar­me a al­mor­zar en se­ñal de agra­de­ci­mien­to.

Ahí fue cuan­do que­dó la ten­da­lá: nos pu­si­mos a to­mar pis­co sour en un pe­ruano y nos fui­mos a su de­par­ta­men­to. Me ama­rró a la ca­ma, se me mon­tó y me aga­rró has­ta a co­rrea­zos. Una bes­tia ca­li­fa. Me enamo­ró. El pro­ble­ma es que tie­ne 45, yo 23. Su ma­ri­do tra­ba­ja en una mi­na y pa­sa se­ma­na por me­dio en la ca­sa, y yo ten­go una her­mo­sa po­lo­la.

PE­DRO Es­tá cla­ro Pe­ter:

Lo pu­so de pu­ra suer­te y a raíz de una bue­na obra. Pe­ro es lo que hu­bie­se he­cho cual­quier pe­la­ga­to an­te un ni­ño de­ses­pe­ra­do bus­can­do a su ma­mi­ta. Lo que pa­sa es que us­ted se ra­jó y se en­con­tró con una hem­bra fo­go­sa, que más allá de dar­le las gra­cias por ha­ber­le en­con­tra­do a su crío, mos­tró la hi­la­cha de que le gus­ta po­co el ca­be­za de pa­la, al ni­vel de po­ner­le los cuer­nos a su ma­ri­do con un des­co­no­ci­do. Por eso le rue­go que se ale­je de allí. Y ojo. Un ca­bro chi­co llo­ran­do y en me­dia ho­ra que apa­rez­ca su ma­dre, es que ella se des­preo­cu­pó por un buen ra­to. Quien sa­be qué pa­sa por la ca­be­za de ella. Más allá de eso, es­tá cla­ro que us­ted tie­ne po­lo­la y la ve­te­ra­na es­po­so, ella le pe­gó y lo ama­rró el pri­mer día. Es sen­sa­to pen­sar de que la mu­jer po­dría ser una lo­qui­ta de pa­tio. Eso.

Sus con­sul­tas y dra­mas de ti­po amo­ro­so y de ca­che­teo, las en­vía a: doc­tor­ca­rino@la­cuar­ta.cl

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