Mar­qui­to:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

Qué pe­na su his­to­ria. El día que la co­no­ció tu­vo una ex­pe­rien­cia si­mi­lar a la que vi­vió con ella, pe­ro mon­ta­da en otro gu­sano. Lo del ta­xi, eso de ha­cer­lo pe­bre al igual que a su conductor, no sé si es cri­ti­ca­ble. Ca­da uno ac­túa dis­tin­to fren­te a un he­cho tan fuer­te co­mo el que pre­sen­ció con sus ojos. La­ta por us­ted, pe­na por ella por­que nun­ca ca­chó lo que po­dría cau­sar con esa infidelidad, y lás­ti­ma por sus hi­jos que no po­drán dis­fru­tar de su tai­ta en la ca­sa. Aho­ra só­lo de­be sa­nar­se, blo­quear esa ima­gen y tra­tar de re­com­po­ner su vi­da. Si ama a aque­lla mu­jer, no du­de en bus­car­la y dar­le una opor­tu­ni­dad. De lo con­tra­rio, sus críos no tie­nen la cul­pa y quie­ren a un pa­pi pre­sen­te. Va­ya a ver­los las ve­ces que sea ne­ce­sa­rio. Y los hom­bres con bue­nos sen­ti­mien­tos ca­si nun­ca es­tán so­los. Así que le po­dría lle­gar una nue­va prin­ce­sa. Aho­ra a tirar pa­ra arri­ba no­más.

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