An­ge­li­to:

La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

Si poh, pa­pi­to. Des­pués de go­zar­la tie­ne que caer­le el te­ja­zo. El ca­che­teo no po­día ser gra­tis, y pu­cha que se me­re­ció el ca­chu­cha­zo en su pe­ga de par­te del cor­nu­do, y to­do lo que vino des­pués. Es que por dár­se­las de ba­cán de­jó bo­ta­do to­do por un par de pier­nas. Aho­ra bai­le con la fea y si tie­ne dig­ni­dad arro­dí­lle­se an­te su es­po­sa pa­ra que lo per­do­ne y le de­je cum­plir, por lo me­nos, con sus ca­bros chi­cos sin una ac­ción le­gal. Si lo de­man­da y lo de­ja pa­to to­dos per­de­rán. Arre­gle el en­tuer­to, y há­ga­lo por sus hi­jos. Llá­me­lo e in­ví­te­la a con­ver­sar ci­vi­li­za­da­men­te. Le va a cos­tar con­ven­cer­la eso sí. De­be­rá rea­li­zar un tra­ba­jo de jo­ye­ría.

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