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La Cuarta - - OJO, PESTAÑA Y CEJA -

Le es­cri­bo pa­ra que que­de cla­ro que no pi­dió con­se­jo, por­que ya lo ten­go to­do de­ci­di­do. Es más, ya es­tá he­cho. Me ca­sé ilu­sio­na­da con el hom­bre que ama­ba: al­to, gua­po, in­te­li­gen­te, pro­fe­sio­nal de la sa­lud y de un fu­tu­ro bri­llan­te. Fui­mos fe­li­ces has­ta que me fueron con el chis­me de que mi ma­ri­do era el sul­tán del hos­pi­tal, to­das pa­sa­ban por sus ma­nos. Es más, lo com­pro­bé y me fre­gó la vi­da. Nos se­pa­ra­mos y he pa­sa­do tres años bien, rehi­ce mi vi­da, pe­ro sin amor, sin hom­bre. ¿Sa­be por qué? Por­que es­ta­ba siem­pre la po­si­bi­li­dad de que vol­vié­ra­mos y por­que él es­ta­ba cer­ca. Pe­ro ya no aguan­tó más… ¡quie­ro un hom­bre! Como sea, chico, al­to, lin­do, feo, fla­co, gua­tón, no sé. Pa­só que ha­ce po­co co­no­cí a un ca­mio­ne­ro ve­cino, sol­te­ro y que­da­mos de acuer­do en que me lle­va­ra a pa­sear a la cos­ta y con amor de por me­dio. Le di­je que sí a to­do, que va a pa­sar de to­do. Me lo me­rez­co, ¿no cree?

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