En­fer­me­ro del amor an­da ur­gi­do al tim­brar por lu­cas

La Cuarta - - ESPECTACULOS - Sus con­sul­tas y dra­mas de ti­po amo­ro­so y de ca­che­teo, las en­vía a: doc­tor­ca­rino@la­cuar­ta.cl

Doc­tor:

Fui el me­jor alumno de la ca­rre­ra de pa­ra­mé­di­co, tra­ba­jo en una clí­ni­ca y aho­ra es­toy que­mán­do­me las pes­ta­ñas pa­ra en­fer­me­ro. Me va bien, ya que soy ma­teo, las ca­cho al vue­lo y mis com­pa­ñe­ras son es­tu­pen­das con­mi­go. Le es­cri­bo por­que sé que soy pin­to­so, ten­go re­sis­ten­cia de co­rre­dor de fon­do en el ring y me gas­to un tre­men­do in­ge­nio con las mu­je­res. No la­teo ni doy pe­na.

O sea, no me que­jo por ese la­do, pe­ro la vi­da no es per­fec­ta, ya que me hi­ce cier­ta fa­mi­ta y ca­cho que to­dos los fa­vo­res que me ha­cen me los quie­ren co­brar en car­ne. Pa­ra re­ma­te, en la pe­ga me he ca­zue­lea­do a dos doc­to­ras, va­rias in­ter­nas, su trío con en­fer­me­ras y, lo que no me gus­ta pa­ra na­da, es que hay unas pa­cien­tes que al se­gun­do día de in­ter­na­das y re­pues­ti­tas me han ofre­ci­do sus lu­cas por aten­der­las. Lo pen­ca es que con los ojos a pu­ro signo pe­so acep­té el bi­lle­te y se co­rrió la voz.

No quie­ro más, en se­rio, por­que es­toy ena­mo­ra­do de una com­pa­ñe­ra de en­fer­me­ría y quie­ro echar raí­ces con ellas, sen­tar ca­be­za, te­ner hi­jos y ser só­lo de ella. ¿Qué ha­go?

Mi­gue­li­to:

Di­ce el re­frán: “Crea fa­ma y écha­te a la ca­ma”. Y us­ted, am­pa­ra­do en su fa­cha de gua­chón, se echó a la ca­ma con to­das las que pu­do y apar­te de tim­brar, se ti­ró pla­ta al bol­si­llo pa­ra dar­se sus lu­ji­tos. En apli­car el tim­bre a dies­tra y si­nies­tra no hay dra­ma, si no es­tá ca­sa­do y usa con­don­ci­to pa­ra to­das las oca­sio­nes.

Lo pen­ca, en­fer­me­ro del amor, es que us­ted co­bró por los ser­vi­cios más allá de los pro­fe­sio­na­les de pa­ra­mé­di­co. O sea, se pu­so pu­tin­go, ca­fio­lo, gi­go­ló. La fa­ma de can­che­ro de las pam­pas es una co­sa, la de “pro­fe­sio­nal del se­xo” es otra co­sa. La ayu­da de su Doc­tor Ca­ri­ño es una so­la: de­je de tim­brar por pla­ta. Y si quie­re el amor de esa mu­jer pa­ra to­da la vi­da o lo que fue­re ne­ce­sa­rio: de­je de tim­brar co­mo lo­co. Só­lo a su jer­mu. Y có­mo lo va a ha­cer: di­cien­do NO. Así de sim­ple.

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